Parte 2 : —Fernando se está muriendo. Eso fue lo primero que me dijo Samuel. Sin adornos. Como si lo hubiera tenido atorado

—No. —Me cortó, y por primera vez me sostuvo la mirada—. Él tenía derecho. Y él dijo que a ti no.
—¿Por qué yo?
Se quedó callada un rato largo. Fue a la cocina. Volvió con un vaso de agua que no me tomé, igual que ella no se tomó el mío aquel día.
Y me lo dijo:
—Porque eres la única que nunca lo vio como el fracasado de esta familia. Y no quería que empezaras justo ahora.
Me lo dijo sin llorar, con la voz plana, sin pedirme perdón por nada:
—La comida de Samuel se la quité porque era la única que Fer no devolvía. Y preferí que me odiaras a decirte que lo único que lo tenía con ganas era tu sazón.
Ahí se me cayó el último ladrillo de la pared.
—¿Y la camioneta? —le pregunté, ya sin coraje, ya nomás por entender.
Bajó la cabeza, igual que Samuel. De él lo sacó, o él de ella.
—Hay una clínica. Particular. Un doctor que dice que a lo mejor todavía… —No terminó—. Pero Fer ya no quiere. Dice que ya. Que lo dejen.
Y ahí me cayó el veinte que más me dobló.
Mi suegra andaba robando, mintiendo, peleándose conmigo, arrebatando papeles… para salvar a un hijo que ya le había pedido, él mismo, que lo dejara ir.
Fer no quería que le quitaran nada a nadie. Ella no podía parar.
—Le fallé al hijo que sí me hizo caso toda la vida —me dijo— por no poder soltar al que se me está yendo.
Y me quedó clarísima una cosa, sentada en esa cocina donde una semana antes yo era la enemiga:
Ahí no había un malo. Éramos tres personas queriendo al mismo muchacho y haciéndonos pedazos por no saber cómo.
No lo pensé mucho. O sí, pero rápido.
Me fui a mi casa. Recogí del piso la llave que se me había caído en la mañana. Abrí el cajón. Saqué el sobre: las escrituras, la identificación del tío, las firmas. Todo lo que había defendido como si fuera oro.
Se lo llevé de vuelta y se lo puse en las manos.
—Véndala. Para la clínica, para el doctor, para lo que él quiera, para lo que usted necesite. Ya.
Ella no la agarró. Movió la cabeza.
—Fer no la va a aceptar.
—Entonces no es para Fer —le dije—. Es para que usted deje de robar sola. Yo se la doy.
Y esa noche hice lo que llevaba ocho meses sin hacer.
Cociné para él.
Carne, arroz, verduras. La porción de siempre. La metí caliente en un tóper y me subí a la camioneta.
Manejé el camino largo, ese que nunca me había importado hacer, hasta el hospital que nunca había pisado.
Y entré a ver a mi cuñado. Al que llevaba medio año llamando flojo. Con su comida entre las manos, temblando en el elevador como si fuera yo la que iba a que me limpiaran la sangre.
Fernando estaba dormido. Chiquito. No era el que bailó cumbia en mi boda. Era como la mitad de aquel.
Le dejé el tóper en la mesita de junto. Ni sé para qué; ya casi no comía. Pero no supe qué otra cosa llevarle.
Mi suegra estaba en la silla de al lado. Sin decir nada, sacó de su bolsa tejida el papel doblado. El de la letra temblorosa. El que se le cayó el día que le arranqué el sobre y que yo llevaba una semana sin poderme sacar de la cabeza.
Me lo dio.
—Léelo hasta abajo —me dijo—. Nunca te lo enseñé completo.
Arriba estaba lo que ya sabía: horarios, gotas, medicinas, el nombre de Fer subrayado dos veces.
Pero hasta abajo había otra letra. Más temblorosa todavía. La de él.
Una nota que Fer le había escrito a su mamá semanas antes, por si un día yo me enteraba:
“Ama: si algún día se entera, no le diga que me daba lástima verla cocinar para mí sin saberlo. Dígale que su comida fue lo único, en todo esto, que no me supo a hospital.”
No sé cuánto tiempo lloré ahí parada, con el papel en la mano y el tóper enfriándose en la mesita.
En algún momento Fer abrió los ojos. Me buscó. Tardó en reconocerme.
Y cuando me reconoció, no me vio con lástima, ni con reproche por haber llegado medio año tarde.
Me sonrió igual que en la boda.
—Ya te tardabas —me dijo bajito.
Fue lo último que me dijo con su voz.
Fernando se fue un viernes. Cada tercer día, hasta para eso.
De la clínica particular nunca se volvió a hablar. La camioneta la vendió mi suegra, pero no para curarlo: con eso pagó el velorio, y le quedó para no tener que pedirle a Samuel un buen rato.
Las hijas que me mandaban mensajes de ladrona llegaron al entierro y no me dijeron nada. Ya para qué.
Y yo hago lo único que sé hacer.
Los miércoles cocino carne, arroz y verduras. La porción de siempre. No me sale hacer una sola; la mano ya se acostumbró a hacer de más.
Se la llevo a mi suegra. Nos la comemos las dos en su cocina, casi sin hablar, en los mismos platos donde una vez ella me negó un vaso de agua.
Es lo más cerca que vamos a volver a estar, las dos, de darle de comer.
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