PARTE 2: LA CARTA QUE DESTRUYÓ 19 AÑOS DE MENTIRAS

Gabriel sostuvo el sobre con las manos temblorosas.
El papel estaba amarillento, las esquinas desgastadas y el nombre de Isabel aparecía escrito con una letra que conocía demasiado bien.

Era la letra de su madre.

Durante unos segundos, Gabriel no pudo respirar.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó, levantando la mirada.

Isabel cruzó los brazos, intentando contener las lágrimas.

—Me llegó tres semanas después de que te marcharas a Madrid. Tu madre vino a verme antes de que naciera Adrián. Me dijo que tú ya no querías saber nada de mí, que te habías cansado de vivir en la pobreza y que por fin habías conocido a una mujer que podía darte la vida que merecías.

Gabriel negó lentamente con la cabeza.

—Eso es imposible. Mi madre me dijo que habías muerto durante las inundaciones.

—Y a mí me dijo que tú querías que desapareciera para siempre.

El silencio que siguió fue tan profundo que Gabriel escuchó el viento golpeando las viejas ventanas de la finca.

Abrió el sobre.

Dentro había una sola hoja doblada en cuatro partes.

Isabel:

Gabriel ha decidido empezar una nueva vida. No quiere que un matrimonio de juventud arruine su futuro. Me ha pedido que te entregue este dinero y que te alejes de él para siempre.

No intentes buscarlo. No te responderá.

Si de verdad lo amas, déjalo marchar. Un niño criado entre la pobreza y el resentimiento sólo será una carga para él.

Mercedes Montes.

Gabriel leyó la carta una vez.

Después otra.

A la tercera, las manos empezaron a temblarle.

—Yo nunca escribí esto —murmuró—. Isabel, tienes que creerme. Yo te amaba.

Ella bajó la mirada.

—Yo también te amaba. Por eso esperé. Esperé hasta el día en que nació nuestro hijo. Esperé mientras trabajaba en el campo con fiebre. Esperé cuando no teníamos dinero para comprar leche. Y seguí esperando incluso después de que tu madre me dijera que habías elegido olvidarnos.

Adrián, que hasta entonces había permanecido junto a la puerta, se acercó.

—¿Nuestro hijo? —preguntó, mirando a Gabriel—. ¿Estás diciendo que este hombre es mi padre?

Isabel cerró los ojos.

Había llegado el momento que llevaba diecinueve años intentando evitar.

—Sí, Adrián. Es tu padre.

El joven retrocedió como si aquellas palabras le hubieran golpeado el pecho.

—¿Y él no sabía que yo existía?

—No —respondió Isabel, con la voz rota—. Al menos, eso es lo que acaba de decirme.

Adrián miró el traje caro de Gabriel, su reloj y el automóvil que brillaba bajo el sol.

Luego miró sus propias manos, marcadas por años de trabajo.

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