Durante unos segundos, no ocurrió nada.
Después apareció una respuesta.
«Somos los lectores.»
Fruncí el ceño.
Escribí otra pregunta.
¿Por qué queréis que muera?
La respuesta tardó unos instantes.
«Porque así estaba escrito.»
Me reí.
Una risa breve, amarga.
¿Y eso significa que debo obedecer?
Las palabras comenzaron a aparecer más rápido.
«¡No entiendes! ¡Esta no es tu historia!»
Sentí un escalofrío.
Después escribí:
Si mi vida no me pertenece, ¿a quién pertenece?
No apareció ninguna respuesta.
Esperé.
Un minuto.
Dos.
Cinco.
Por primera vez desde el accidente, los comentarios habían desaparecido por completo.
Miré por la ventana.
La ciudad seguía viva. Los coches avanzaban por las calles y las luces de los edificios iluminaban la noche.
Mi vida no necesitaba convertirse en una historia perfecta.
No necesitaba una protagonista elegida por desconocidos.
Y tampoco necesitaba que alguien muriera para que otra persona encontrara la felicidad.
Cerré el cuaderno y apagué la lámpara.
Aquella noche comprendí que, aunque nunca llegara a descubrir qué eran realmente aquellos comentarios, había algo que sí podía controlar.
Mis decisiones.
6. Un año después
Un año después del accidente, volví a la isla.
No lo hice para recordar a Marcus.
Fui porque quería demostrarme que aquel lugar ya no tenía poder sobre mí.
El acantilado seguía allí. La plataforma había sido renovada y la empresa había reforzado sus protocolos de seguridad después de la investigación.
Me detuve junto a la barandilla y observé las montañas a lo lejos.
No sentí miedo.
Tampoco tuve deseos de saltar.
Simplemente respiré.
Mi matrimonio había terminado. La investigación había seguido su curso y los asuntos económicos se habían resuelto mediante los procedimientos correspondientes.
Mandy continuaba recuperándose de sus lesiones. Nuestros caminos se habían separado, y yo no tenía intención de volver a involucrarme en su vida.
En cuanto a Marcus, conservaba algunos recuerdos de los primeros años de nuestro matrimonio.
No todos habían sido malos.
Pero tampoco iba a permitir que los buenos recuerdos borraran las mentiras que vinieron después.
Saqué mi teléfono y tomé una fotografía del mar.
Entonces aparecieron unas últimas palabras ante mis ojos.
«¿Este es realmente el final?»
Me quedé observándolas.
Después sonreí.
—No —susurré—. Es el comienzo de mi vida.
Los comentarios desaparecieron.
Esta vez, no regresaron.
Me alejé del acantilado y caminé hacia el pueblo, donde me esperaba una mesa reservada para una persona.
No necesitaba un nuevo marido para demostrar que había superado mi pasado.
No necesitaba una fortuna para sentirme libre.
Y no necesitaba convertirme en la protagonista de ninguna historia para merecer un futuro.
Durante siete años había creído que ser una buena esposa significaba soportarlo todo.
Ahora sabía que amar a alguien no significaba renunciar a una misma.
Marcus había elegido su camino.
Mandy había elegido el suyo.
Y yo, por fin, podía elegir el mío.
FIN.
