Lunita sacó de su bolsillo tres monedas y un billete arrugado de veinte pesos. Los extendió con ambas manos.
—Tengo poquito dinero, pero se lo doy si deja que mi mamá descanse. Solo un día.
Santiago miró el dinero. Luego miró a la niña.
—¿Quién es tu mamá?
—Alma. Le duele la espalda. En la noche no duerme. Cose mucha ropa. Ayer se quedó dormida en la máquina y yo le puse una almohadita.
La expresión de Santiago no cambió.
Lunita bajó la voz.
—Señor… si sigue trabajando tanto, ¿mi mamá se va a desaparecer?
Algo en la oficina se quedó inmóvil.
Pero Santiago no mostró ternura. No preguntó si Alma estaba bien. No tomó las monedas. Solo apretó la mandíbula, molesto porque una regla había sido rota.
—¿Quién permitió que una niña entrara al almacén?
Su voz cortó el aire.
Alma escuchó el grito desde la tienda. El corazón se le hundió. Corrió hacia la oficina con la cara pálida.
—Señor Rivas, perdón. Fue una emergencia. La vecina que me la cuida no pudo quedarse con ella. No volverá a pasar.
Santiago se levantó lentamente.
—Yo te contraté para representar una marca, Alma. No para convertir mi almacén en guardería.
—Lo entiendo.
—Mis clientes pagan por perfección. No por ver problemas personales.
Alma bajó la cabeza. Escondió las manos vendadas detrás de la espalda.
—Sí, señor.
Lunita abrazó su dibujo contra el pecho.
—Pero mi mamá trabaja mucho…
—Luna —susurró Alma, con miedo—. Vámonos.
Santiago vio cómo Alma tomaba a la niña de la mano. Vio cómo caminaba recta aunque le doliera todo. Vio, por primera vez, que esa mujer no salía de su oficina derrotada: salía sosteniéndose para no caer.
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