Su esposa se negaba a dejar que él tocara su vientre de embarazada…

La primera vez que Daniel intentó tocar el vientre de su esposa y ella apartó su mano, sintió una punzada extraña en el pecho.

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No fue un movimiento brusco, ni violento. Fue peor: fue instintivo. Como si Elena estuviera protegiendo algo… o escondiéndolo.

—¿Qué pasa? —preguntó él, intentando sonreír.

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Ella bajó la mirada, se acomodó la bata de dormir sobre la barriga de seis meses y murmuró:

—Nada. Solo… no me gusta.

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Daniel se quedó con la mano suspendida en el aire.

No me gusta.

Aquellas tres palabras comenzaron a pudrirle la cabeza.

Durante semanas había soñado con ese momento: poner la palma sobre el vientre de Elena, sentir una patadita, hablarle al bebé por las noches. Habían esperado ese embarazo durante cuatro años. Cuatro años de consultas, análisis, lágrimas escondidas en el baño, pruebas negativas tiradas al fondo de la basura.

Y ahora que por fin ocurría, Elena no lo dejaba acercarse.

Al principio pensó que era cansancio. Luego, miedo. Después, algo más oscuro.

Ella se cambiaba de ropa con la puerta cerrada. Dormía de espaldas, abrazando una almohada contra el vientre. Cuando él entraba a la habitación sin avisar, se cubría como si acabara de ser sorprendida haciendo algo prohibido.

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Pero lo que terminó de romperlo fue una noche de lluvia.

Daniel despertó a las tres de la mañana y no la encontró en la cama. La buscó por la casa, descalzo, con el corazón acelerado. Entonces escuchó su voz en la cocina.

—No puedo seguir ocultándolo —susurraba Elena por teléfono—. Daniel ya sospecha. Cualquier día va a querer tocarme y se dará cuenta.

El mundo se le detuvo.

Daniel no entró. Se quedó detrás de la pared, con la respiración clavada en la garganta.

—No, no puedo decírselo todavía —continuó ella, llorando en voz baja—. Si lo sabe, se va a destruir.

A la mañana siguiente, Elena fingió no recordar nada. Preparó té, evitó mirarlo a los ojos y le preguntó si quería pan tostado, como si su vida no estuviera colgando de un hilo invisible.

Daniel no dijo nada.

Pero desde ese día empezó a contar.

Contó las veces que ella recibía llamadas y se encerraba en el baño.

Contó las veces que salía “a revisión médica” y regresaba con los ojos rojos.

Contó las veces que evitaba pronunciar la palabra “nuestro” cuando hablaba del bebé.

Nuestro hijo. Nuestra hija. Nuestro bebé.

Nada.

Solo decía: “el bebé”.

El veneno de los celos no entra gritando. Entra en silencio, se sienta a la mesa contigo, duerme en tu almohada y te convence de que cada gesto de amor es una mentira.

Daniel, que antes era un hombre tranquilo, comenzó a revisar horarios, recibos, mensajes. Nunca encontró una prueba clara. Solo fragmentos. Una dirección anotada en una servilleta. Un número desconocido que llamaba cada jueves. El nombre de una clínica privada que Elena jamás había mencionado.

Clínica Santa Aurelia.

Cuando la vio subir a un taxi una tarde sin avisarle, la siguió.

Se sintió miserable haciéndolo, pero no pudo detenerse.

El taxi cruzó media ciudad hasta llegar a un edificio blanco, discreto, sin letreros grandes. Elena bajó despacio, una mano en la espalda, la otra sobre el vientre. Antes de entrar, miró hacia ambos lados como si temiera ser descubierta.

Daniel apretó el volante.

—¿Quién eres tú, Elena? —susurró.

Esperó veinte minutos. Luego entró.

En recepción, una enfermera joven le preguntó a quién buscaba.

—A mi esposa —respondió él, sintiendo que la voz no le pertenecía—. Elena Vargas.

La enfermera revisó la pantalla y frunció apenas el ceño.

—Está en consulta.

—Soy su esposo.

La mujer dudó.

—Señor, estas consultas son privadas.

Aquello le sonó a confesión.

—Privadas… claro —dijo Daniel con una risa amarga—. Dígame algo, ¿ella viene sola?

La enfermera se tensó.

—No puedo darle información.

Daniel salió antes de perder el control.

Esa noche, cuando Elena volvió a casa, él estaba sentado en la sala, con la luz apagada.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

Ella se sobresaltó.

—En el médico.

—¿En qué médico?

—Daniel, estoy cansada…

—¿En qué médico, Elena?

Ella guardó silencio.

Ese silencio fue gasolina.

—¿Quién es? —escupió él.

Elena lo miró confundida.

—¿Quién?

—El hombre. El que llamas de madrugada. El que sabe eso que “me va a destruir”. El de la clínica.

El rostro de Elena perdió color.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Entonces explícamelo.

—No puedo.

Daniel se levantó tan rápido que la silla golpeó la pared.

—¡No puedes o no quieres! ¿Desde cuándo? ¿Antes del embarazo? ¿Durante? ¿Ese bebé siquiera es mío?

La bofetada no llegó con la mano de Elena. Llegó con su mirada.

Dolida. Rota. Incrédula.

—No vuelvas a decir eso —susurró.

—¡Déjame tocarte el vientre entonces!

Elena retrocedió como si él fuera un extraño.

Ese gesto lo terminó de hundir.

—Lo sabía —dijo él, con lágrimas de rabia—. Me das asco.

En cuanto las palabras salieron de su boca, algo se rompió.

Elena se llevó una mano al vientre. Su rostro se contrajo de dolor.

—Daniel…

Continua en la siguiente pagina

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