PARTE 1
—Saca esa basura del pasillo antes de que lleguen los inversionistas —dijo Ricardo Salgado, mirando directamente a su esposa mientras ella, de rodillas, limpiaba el piso de mármol de la empresa que ambos habían levantado durante doce años.
Mariana Hernández apretó el trapo entre los dedos y siguió trabajando.
Dos meses antes, Ricardo la había echado de la casa con dos maletas, había cambiado las cerraduras y bloqueado las tarjetas familiares.
—Ya no estás a mi nivel —le dijo aquella noche—. Tú te quedaste estancada y yo necesito una mujer que avance conmigo.
Lo más cruel era que Mariana no siempre había sido “la esposa que se quedó atrás”. Durante los primeros años de Constructora Horizonte, ella negociaba con proveedores, revisaba presupuestos y conocía cada contrato importante. Después nacieron Mateo, de ocho años, y Sofía, de cinco, y Ricardo insistió en que se quedara más tiempo en casa.
Ahora él utilizaba precisamente eso para humillarla.
Sin acceso al dinero familiar y pagando una pequeña renta en Iztapalapa, Mariana aceptó el único empleo que encontró con pago inmediato: personal de limpieza en la empresa de su propio marido.
Ricardo permitió que la contrataran.
Mariana pensó que lo hacía para verla arrastrarse.
Estaba equivocada.
Aquella noche, cuando casi todos habían salido, subió al piso ejecutivo. En recepción encontró a Fernanda Ruiz, la joven secretaria de Ricardo, llorando frente a su computadora.
Mariana la había visto así muchas veces.
—Sólo voy a vaciar los botes —murmuró.
Fernanda levantó la cabeza. Estaba pálida.
—Señora Mariana… entre al despacho.
—¿Ricardo ya se fue?
—No.
Fernanda miró hacia el elevador y de pronto la agarró del brazo.
—Escóndase debajo del escritorio. Ahora.
—¿Qué?
—Por favor. Va a tener una reunión secreta. Usted necesita escucharla.
Antes de que Mariana pudiera discutir, se oyeron voces acercándose.
Se metió debajo del enorme escritorio de nogal.
Ricardo entró acompañado de Arturo Medina, un notario con el que supuestamente había dejado de trabajar años atrás.
—¿Todo listo? —preguntó Ricardo.
—Acta constitutiva, poderes bancarios, contratos y nombramiento de administradora única —respondió Arturo—. Falta confirmar las firmas.
Ricardo soltó una risa.
—Son perfectas. Llevo meses practicando la firma de Mariana.
Ella sintió que se le helaba la sangre.
Arturo hojeó varios documentos.
—Entonces, oficialmente, Mariana Hernández creó Nova Obra hace tres años y desvió veintiocho millones de pesos de contratos públicos.
—Exactamente.
—¿Y si pide una pericial?
Ricardo golpeó suavemente el escritorio.
—¿Quién le va a creer? Mira dónde trabaja ahora. Yo mismo hice que la contrataran como limpiadora. Toca los archiveros, el escritorio, las cajas, el cuarto de documentos… Sus huellas están por todas partes.
Mariana tuvo que taparse la boca para no gritar.
Ricardo jamás la había contratado para humillarla.
La había contratado para fabricar pruebas.
—Además —continuó él—, esta noche le transferiré dos millones y medio. Cuando revisen su cuenta, parecerá su parte del dinero.
—Brillante —murmuró el notario.
Ricardo sacó el teléfono.
Y delante de Mariana llamó a la policía.
—Quiero denunciar a una empleada —dijo con voz perfectamente preocupada—. Creo que está robando documentos confidenciales de la empresa. Se llama Mariana Hernández. Sigue dentro del edificio.
Colgó y sonrió.
—Llegan en diez minutos.
Debajo del escritorio, Mariana miró sus manos agrietadas por el cloro.
Durante dos meses había limpiado las pruebas que pensaba que demostraban su caída.
Sin saberlo, estaba dejando sus huellas en el escenario del delito por el que su esposo pensaba mandarla a prisión.
Y afuera ya se escuchaban las primeras sirenas.
Lo que Mariana todavía no sabía era que Ricardo no era la persona más peligrosa de aquella familia.
PARTE 2
Mariana conocía aquel despacho mejor que Ricardo.
Años atrás había supervisado personalmente la remodelación y recordaba una puerta técnica escondida detrás del librero.
Cuando Ricardo se acercó a la ventana para esperar a la policía, Mariana salió silenciosamente de debajo del escritorio, presionó el mecanismo y desapareció por el estrecho pasillo de mantenimiento.
Bajó hasta el sótano.
Necesitaba pruebas.
Entró al archivo y encontró una carpeta rotulada NOVA OBRA.
Dentro estaba su supuesto nombramiento como administradora única, contratos que nunca había firmado y copias de identificaciones.
Tomó la carpeta.
—¡Alto!
Era don Ernesto, el guardia nocturno.
—La policía la está buscando, señora Mariana.
Ella lo miró desesperada.
—Usted me conoce desde hace diez años. ¿De verdad cree que robé veintiocho millones?
Don Ernesto observó la carpeta, escuchó los pasos que descendían por la escalera y finalmente abrió la puerta del área de carga.
—Váyase. Yo diré que subió a la azotea.
Mariana salió corriendo.
Apenas llegó a la calle, su celular vibró.
Depósito recibido: $2,500,000 MXN.
Remitente: Ricardo Salgado.
Concepto: devolución de préstamo.
Sintió náuseas.
Ricardo acababa de cerrar la trampa.
La única persona a quien creyó capaz de enfrentarlo era Beatriz Salgado, su suegra.
Beatriz adoraba a Mateo y Sofía y siempre presumía que, para ella, “el apellido estaba por encima del dinero”.
Mariana llegó a su departamento en la colonia Del Valle temblando.
Le contó todo.
Beatriz escuchó en silencio.
—Tranquila —dijo al final—. Nadie va a quitarles una madre a mis nietos. Tengo abogados. Voy a ayudarte.
Mariana casi lloró de alivio.
Beatriz tomó su celular.
—Recuéstate un momento. Prepararé té y haré unas llamadas.
En la habitación de visitas, Mariana vio una fotografía sobre un librero.
Beatriz aparecía abrazada del brazo de Arturo Medina.
El mismo notario.
Entonces recordó algo.
Años atrás, Ricardo había dicho que necesitaba “un notario discreto”.
Fue Beatriz quien respondió:
“Yo tengo uno. Ayudó a tu padre durante años”.
Mariana se levantó.
Desde la sala llegó la voz de su suegra.
—Arturo, ya está aquí.
Mariana se quedó inmóvil.
—No, no llamé a ningún abogado… ¿para qué?
Después Beatriz hizo otra llamada.
—Ricardo, cállate y escucha. Tu esposa vino sola. Trajo el teléfono y la carpeta… Sí, la ingenua creyó que yo iba a salvarla.
Mariana sintió que las piernas le fallaban.
—Ven inmediatamente —continuó Beatriz—. Necesitamos que desbloquee la aplicación bancaria para mover los dos millones y medio. Después llamamos a la policía y decimos que la detuvimos cuando intentaba escapar.
Mariana retrocedió.
Su suegra no estaba descubriendo el plan.
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