TRES AÑOS DESPUÉS DEL DIVORCIO, MI EXMARIDO ME ENCONTRÓ BAJO LA LLUVIA… Y DESCUBRIÓ LA CICATRIZ QUE LE HABÍA OCULTADO

—Aléjate.

Golpeó el cristal una vez.

Dos.

A la tercera, una de las placas se agrietó.

Yo me acerqué para ayudarlo.

Entonces una sección de la estructura cayó.

Levanté el brazo por instinto.

Sentí el cristal atravesarme la piel.

El dolor fue tan violento que apenas pude gritar.

Daniel consiguió empujarme hacia la abertura.

—¡Sal!

—¡Ven conmigo!

—¡Xia, sal de una vez!

Caí al exterior sobre la tierra mojada.

Me volví para ayudarlo, pero una viga metálica había caído entre nosotros.

Él seguía consciente.

Vi que sostenía la pequeña unidad de almacenamiento.

La lanzó por la abertura.

Cayó a pocos centímetros de mi mano.

—¡Guárdala!

Intenté acercarme.

El calor me obligó a retroceder.

—¡Daniel!

—¡Dile a mi hija que la quiero!

Grité hasta quedarme sin voz.

Los bomberos llegaron minutos después.

Para Daniel fue demasiado tarde.

En el hospital me cosieron el brazo y me explicaron que había sufrido una lesión importante en varios tendones.

Pero no fue el dolor físico lo que recuerdo con mayor claridad.

Fue lo que sucedió cuando desperté.

Valdés estaba sentado junto a mi cama.

No llevaba flores.

Sobre las rodillas tenía un sobre.

—Lamento mucho lo ocurrido —dijo.

Intenté incorporarme.

—Daniel murió.

—Lo sé.

—Usted sabe por qué estábamos allí.

Su expresión no cambió.

—Sé que ambos entraron sin autorización en un edificio de acceso restringido.

—Estábamos buscando pruebas.

Valdés dejó el sobre sobre la cama.

Dentro había fotografías.

En una de ellas Daniel aparecía abrazándome.

Reconocí el momento: había tropezado durante una visita anterior al invernadero y él me había sostenido para impedir que cayera.

La perspectiva hacía que pareciera un abrazo íntimo.

Otras fotografías nos mostraban entrando juntos en edificios y reuniéndonos en cafeterías.

Todas eran auténticas.

Ninguna significaba lo que pretendían demostrar.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Una situación desafortunada que podría perjudicar a mucha gente.

—Voy a denunciarlo.

Valdés suspiró.

—Liang aparece como responsable científico en los documentos de Aurora. También está su firma en algunos informes alterados.

—No sabía que estaban manipulados.

—Eso tendrás que demostrarlo.

Me miró fijamente.

—Si haces públicas tus acusaciones sin pruebas suficientes, puedo garantizarte que se abrirá una investigación contra tu marido. Y que lo primero que verá el comité será su nombre en esas autorizaciones.

Apreté los dientes.

—Tenemos los archivos originales.

Por primera vez, vi algo parecido a preocupación en sus ojos.

—Entonces entrégalos.

No respondí.

Se inclinó hacia mí.

—La esposa de Daniel trabaja en una escuela vinculada a la fundación que financia este instituto. Tiene una hija pequeña, ¿verdad? Imagino que no querrán perder sus ingresos en este momento.

Sentí náuseas.

—Está amenazando a una viuda.

—Estoy explicándote las consecuencias de acusaciones irresponsables.

Se levantó.

—Puedes denunciar lo que crees que ocurrió, Xia. Pero recuerda que tu marido firmó esos informes. Y que tu amigo murió entrando ilegalmente en el laboratorio. Si todo termina mal, no serás la única perjudicada.

Antes de marcharse dejó una última fotografía.

Era la imagen de Daniel y yo junto al invernadero, cubierta de sangre.

—Piénsalo bien.

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