Podía traer objetos cuando José se lo pedía.
Y, en algunas ocasiones… tenía comportamientos tan extraños que dejaban a todos con la piel erizada.
Pasaron cinco años.
Una tarde, Canelo comenzó a verse débil.
No comía.
Respiraba con dificultad.
Preocupado, José decidió llevarla a una clínica veterinaria del barrio.
El veterinario, el doctor Alejandro Morales, comenzó a examinar al animal con calma.
Primero revisó sus ojos.
Luego sus dientes.
Después sus patas.
Pero mientras avanzaba el examen, su expresión cambió lentamente.
Frunció el ceño.
Volvió a mirar.
Tomó su linterna médica y revisó nuevamente.
Entonces, de pronto, el doctor dio un paso hacia atrás.
Su rostro se volvió pálido.
Miró a José con incredulidad… y gritó:
—¡Espere un momento!
El grito fue tan fuerte que varias personas en la sala de espera se levantaron de sus asientos.
El veterinario señaló al animal con la mano temblorosa.
Y exclamó:
—¡Esto… no es un perro!
La frase cayó en la clínica como un trueno.
Las personas comenzaron a acercarse curiosas.
José sintió que el corazón se le detenía.
—¿Cómo que no es un perro? —preguntó confundido.