Un hombre recogió a un cachorro abandonado y lo cuidó durante cinco años. Pero cuando “Canelo” se enfermó y lo llevó al veterinario, el doctor gritó algo que dejó a todo el vecindario en shock: “¡Esto… no es un perro!”

José se acercó.

—¿Qué pasa?

El doctor señaló la imagen.

—Mire la estructura del cráneo… la longitud de la mandíbula… las proporciones del tórax.

José no entendía nada.

Entonces el doctor lo miró directo a los ojos.

—Señor Ramírez… lo que usted ha criado durante cinco años… es un lobo.

La palabra cayó como un trueno.

—¿Un… lobo? —repitió José, incrédulo.

—Sí.

Las personas en la sala comenzaron a murmurar.

—Pero eso es imposible —dijo José—. Yo lo encontré cuando era un cachorro… tan pequeño… tan indefenso…

El doctor asintió lentamente.

—Probablemente se separó de su madre muy temprano. Tal vez alguien lo encontró y lo abandonó. O tal vez la madre murió.

José miró a Canelo.

De repente muchas cosas empezaron a tener sentido.

Su velocidad.

Su inteligencia.

La forma en que a veces desaparecía y regresaba sin hacer ruido.

El doctor continuó:

—No es un lobo completamente salvaje. Ha crecido con usted. Usted es su familia. Pero biológicamente… pertenece a la vida salvaje.

José sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué significa eso?

El doctor suspiró.

—Significa que… la autoridad ambiental podría obligarlo a entregarlo.

José se quedó en silencio.

Canelo bajó de la mesa y caminó hacia él.

Apoyó su cabeza contra la pierna de José.

Ese gesto sencillo fue suficiente para que el pecho de José se llenara de una emoción profunda.

—No… —murmuró—. No voy a entregarlo.

El doctor lo miró con preocupación.

—Señor Ramírez, no es tan sencillo.

—Es mi familia.

—Lo entiendo, pero la ley…

José se agachó y abrazó a Canelo.

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