PARTE 1
—No me deje en el camino, señor. Con que me permita dormir esta noche en su corredor me basta.
La mujer apareció poco antes de las 11, subiendo a pie por el camino de terracería que atravesaba mi cafetal en la Sierra Norte de Puebla. Jalaba un burro canelo cargado con 2 costales, un petate y una maleta vieja. Mi perro, Centella, salió de debajo de la banca. Era desconfiado hasta con los vecinos, pero en vez de ladrarle, le olió la mano y se quedó junto a ella.
Yo llevaba 3 años viudo y 3 años dejando prendida la lámpara del corredor. Mi esposa, Elena, decía que una casa con luz parecía decirle al caminante que todavía había alguien despierto. Desde que ella murió, yo ya ni sabía para quién la encendía.
—¿De quién viene huyendo? —pregunté.
La mujer apretó la cuerda del burro.
—De mi marido.
Se llamaba Rosalba. Tenía el vestido lleno de polvo, el cabello pegado a la frente y una bolsa de cuero cruzada contra el pecho como si ahí llevara lo único que no podía perder. Le serví café de olla, frijoles y un pedazo de queso. Comió despacio al principio; luego con el hambre de quien lleva días sobreviviendo con fruta verde y agua de arroyo.
—Mañana vemos qué hacer —le dije—. Pero esta noche necesito saber qué tan cerca viene el problema.
Rosalba miró hacia el camino oscuro.
—Se llama Nemesio Valdés. Tiene tierras, dinero y gente que le hace favores. Si pregunta por mí, muchos van a hablar.
Quise decirle que fuera al pueblo, que buscara a las autoridades, que yo era un hombre solo y meterla a mi casa podía traer chismes y algo peor. Pero la vi estremecerse cuando una rama tronó entre los cafetos. No era actuación. Era el miedo aprendido de quien ha pasado demasiado tiempo esperando el siguiente golpe.
Le tendí un petate en el rincón más protegido del corredor y dejé a Centella a su lado.
Antes de entrar, Rosalba me detuvo.
—Gracias por creerme, don Mateo.
—Todavía no me ha contado nada para creer o no creer.
Entonces abrió la bolsa de cuero, tocó algo envuelto en un trapo y volvió a cerrarla.
—Mi marido cree que yo sé demasiado. Y tiene razón.
Me quedé frente a ella.
Rosalba respiró hondo.
—Una noche, borracho, me confesó que su primera esposa no lo abandonó. Me dijo que él la mató y la arrojó al río. Yo soy la única que lo oyó decirlo.
Sentí que la lámpara, detrás de mí, de pronto alumbraba demasiado poco.
—¿Y por eso la busca?
Rosalba levantó los ojos.
—No quiere que vuelva, don Mateo. Quiere que yo no pueda hablar nunca.
PARTE 2
No dormí. Al amanecer hice huevos con chile, calenté tortillas y le dije a Rosalba que no seguiría caminando sin rumbo. Detrás de la casa había una antigua quesería, escondida entre cafetos. La arreglaría y, si alguien preguntaba, diría que había contratado a una viuda de otro pueblo para ayudarme con la leche.
—¿Por qué se arriesga por mí? —preguntó.
Miré la lámpara, todavía colgada en el corredor.
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