—Porque llevo 3 años pidiendo una razón para no apagarla.
Rosalba no respondió. Solo se cubrió la cara y lloró sin esconder el ruido.
Durante las semanas siguientes, volvió a hacer queso como le había enseñado su madre. Yo reparé el techo, puse un buen cerrojo y jamás entré sin avisar. Poco a poco dejó de brincar cuando una puerta se cerraba fuerte. Empezó a reírse. Yo también.
Rosalba insistía en ganarse su lugar. Al mediodía comíamos bajo un aguacate y por la tarde ella revisaba los quesos mientras yo atendía a las vacas. Nunca hablamos de amor. Yo me cuidaba de no confundir gratitud con cariño; ella necesitaba recuperar primero la tranquilidad de decidir por sí misma. Pero cada día esperaba con más ganas verla sentada frente al café.
Una tarde me contó lo demás. Nemesio le había pegado durante años y después pedía perdón. La noche en que confesó lo de su primera esposa, Petronila, Rosalba comprendió que podía terminar igual. Antes de huir tomó de un baúl un reloj de plata que había pertenecido a aquella mujer.
Lo puso sobre mi mesa. Dentro tenía grabado: “Para Petronila, de tu hermana Eduviges”.
—Esto puede llevarnos a alguien que la reclame —dije.
Rosalba asintió.
Pero antes de que pudiéramos movernos, el peligro llegó.
Un domingo bajé al mercado de Xicotepec con los quesos. Un hombre de sombrero fino se acercó al puesto. Tenía ojos claros y una sonrisa tranquila que me puso la piel helada.
—Busco a una parienta —dijo—. Joven, pelo rizado. Anda confundida y contando cosas que no son ciertas. Viajaba con un burro canelo.
Mentí. Le dije que había oído de una mujer rumbo a la costa.
Él me sostuvo la mirada demasiado tiempo.
—Si la ve, avíseme. Soy Nemesio Valdés.
Regresé al rancho sin vender lo que quedaba. Cuando vi a Rosalba junto a la quesería, bajé del caballo y la abracé sin pensarlo.
—¿Qué pasó?
La sujeté por los hombros.
—Está aquí. Nemesio está en el pueblo.
Rosalba palideció.
—Entonces ya no quiero esconderme —dijo después de unos segundos—. Quiero que Petronila hable aunque sea desde el fondo del río.
PARTE 3
Esa noche entendí que Rosalba ya no era la mujer que había llegado pidiendo un rincón para dormir. Tenía miedo, sí, pero el miedo ya no decidía por ella.
Extendimos sobre la mesa el reloj de Petronila y una hoja donde anotamos lo poco que sabíamos. Rosalba recordó que Nemesio había mencionado una hermana que vivía “por la montaña”. Durante 2 semanas pregunté con cuidado en rancherías y puestos de camino, usando como pretexto la venta de queso. Finalmente encontré a Eduviges en una comunidad apartada, cuidando cabras detrás de una casa de adobe.
Cuando vio el reloj, se sentó sin decir una palabra.
—Yo se lo regalé —murmuró al fin—. Mi hermana jamás se habría ido sin esto.
Luego sacó de una lata varias cartas amarradas con listón. Eran de Petronila. En ellas contaba que tenía miedo de su marido, que quería dejarlo y que pensaba irse con Eduviges. La última estaba fechada pocos días antes de su desaparición.
Volví al rancho con Eduviges. Rosalba salió a recibirnos y, cuando la anciana entendió quién era ella, no la culpó.
—Tú saliste de donde mi hermana no pudo salir —le dijo—. Ahora ayúdame a que su nombre vuelva a existir.
Con el reloj, las cartas y el testimonio de Rosalba teníamos algo. Pero no suficiente.
—Nemesio dijo que la arrojó en el paso de las 3 piedras —me recordó Rosalba.
Yo conocía ese sitio. Río abajo había un remanso profundo donde se atoraban ramas y troncos cuando crecía la corriente. Al amanecer subimos los 3. No fuimos a “buscar un cuerpo” como si fuéramos investigadores. Fuimos a confirmar si había algo que justificara llevar a las autoridades hasta allá.
El agua estaba helada. Me até una cuerda a la cintura y entré solo hasta una zona protegida entre rocas. Tanteé el fondo con un palo largo, una vez, otra. En la tercera sentí algo duro atrapado bajo el limo. Me agaché lo suficiente para verlo.
Era un hueso.
No tocamos nada más.
Eduviges cayó de rodillas y se persignó. Rosalba me apretó el brazo.
—Nos vamos ya a la cabecera —dije—. Que venga el Ministerio Público y haga lo suyo.
Marcamos el sitio con una tira de tela en un árbol y regresamos. Más tarde, peritos y agentes recuperaron restos humanos, una medallita religiosa y fragmentos de ropa en aquel remanso. Eduviges reconoció la medalla como una que su madre le había dado a Petronila. Ya no era solo una historia dicha al oído de una esposa aterrada.
Era un caso.
El problema fue que Nemesio supo que algo se movía.
Un arriero contó que yo había estado preguntando por Eduviges. Otro dijo que la nueva quesera del viudo era joven y había llegado con un burro canelo. Cuando regresamos de declarar, Centella se detuvo a mitad del camino, erizó el lomo y corrió ladrando hacia la casa.
Había un caballo ajeno amarrado a mi cerca.
Rosalba lo reconoció.
—Es de él.
Le pedí a Eduviges que siguiera hacia el pueblo con una copia de la denuncia y que no volviera. A Rosalba le dije que se quedara entre los cafetos.
—No te voy a dejar solo —respondió.
Era la primera vez que me hablaba de tú.
—No quiero que vuelvas a obedecer por miedo —le dije—. Pero ahora necesito que decidas pensando en lo que nos costó llegar hasta aquí.
Ella apretó los labios y retrocedió entre las plantas.
Nemesio estaba sentado en mi corredor, justo debajo de la lámpara de Elena. Tenía un revólver sobre la pierna.
—Así que tú eres el hombre que me hizo perder el tiempo —dijo.
—Y tú eres el hombre que lleva años creyendo que todo se puede comprar.
Su sonrisa desapareció.
Le dije que Petronila había sido encontrada y que la Fiscalía ya tenía las cartas, el reloj y la declaración de su hermana. No exageré. No necesitaba hacerlo.
Nemesio se levantó y apuntó hacia mí.
—Rosalba es mi mujer.
—Rosalba no es propiedad de nadie.
En ese instante, Centella salió disparado desde un costado del corredor. Golpeó a Nemesio en el brazo y el tiro se fue hacia el techo. El arma cayó al patio. Me lancé sobre él antes de que pudiera recuperarla. Rodamos entre polvo y macetas rotas. Nemesio era más joven; yo llevaba media vida cargando costales, reparando cercas y ordeñando antes del amanecer.
Aun así, alcanzó a zafarse.
Se arrastró hacia el revólver.
Rosalba apareció primero.
Lo tomó del suelo con ambas manos.
Nemesio se quedó quieto. Yo también.
—Rosalba, mi reina —empezó él, con esa voz suave que ella ya conocía—. Vámonos a casa. Yo voy a cambiar.
Ella temblaba. No bajó la mirada.
—Eso mismo decías después de cada golpe.
—Tú no eres una mujer capaz de dispararme.
Rosalba respiró hondo. Durante unos segundos pensé que todo podía terminar ahí, en un estampido.
Pero bajó el arma.
—Tienes razón en una cosa —dijo—. No voy a matarte. No pienso convertirme en ti.
Nemesio quiso lanzarse sobre ella.
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