—Óscar, ya tengo las llaves. Pero la muchacha no quiso firmar. Necesitamos resolverlo antes de que Javier regrese.
Escuché aquella frase una vez.
Después otra.
Y una tercera vez, porque mi cabeza se negaba a aceptar lo que estaba oyendo.
En la pantalla de mi computadora, Daniela seguía tirada junto a la puerta.
Patricia hablaba por teléfono a menos de dos metros de ella.
—No, no creo que le haya pasado nada grave —continuó—. Se cayó durante la discusión. Luego vemos eso. Tú averigua si podemos adelantar el trámite.
Sentí que me faltaba el aire.
Mi esposa no había llamado a emergencias. Ni siquiera había tratado de despertar a nuestra hija antes de ocuparse de las llaves.
La grabación mostraba que Patricia permaneció unos minutos en el recibidor. Después desapareció hacia la cocina.
Daniela movió ligeramente una mano.
Intentó incorporarse, pero volvió a quedarse inmóvil.
Quise atravesar la pantalla y levantarla.
Me dolía mirar aquellas imágenes porque sabía que, mientras mi hija necesitaba ayuda, yo conducía por la autopista convencido de que regresaba a un hogar donde todo estaba bien.
Patricia volvió a aparecer unos minutos después.
Miró a Daniela desde la puerta de la cocina.
No se acercó.
Regresó al interior de la casa.
La cámara siguió grabando hasta que llegué con mi maleta.
Habían pasado casi veinte minutos desde la caída.
Veinte minutos durante los cuales nuestra hija había permanecido en el suelo sin que nadie pidiera ayuda.
Apagué la computadora.
Me quedé sentado, intentando controlar el temblor de mis manos.
En ese momento escuché la puerta principal.
Patricia acababa de regresar.
Entró al estudio con una bolsa del supermercado.
—¿Sigues molesto conmigo? —preguntó—. Javier, tenemos que hablar como personas maduras.
Giré la computadora hacia ella.
—Siéntate.
—¿Para qué?
—Quiero que veas algo.
Reproduje la grabación.
Al principio Patricia frunció el ceño. Cuando apareció empujando a Daniela, se llevó una mano al pecho.
Luego escuchó su propia voz hablando con Óscar.
No dijo una palabra.
Cuando el video terminó, se quedó mirando la pantalla.
—¿Quieres explicarme por qué nuestra hija estuvo casi veinte minutos inconsciente mientras tú organizabas la venta de su coche?
Patricia empezó a llorar.
—Yo no quería hacerle daño.
—Pero se lo hiciste.
—Fue un accidente.
—El golpe pudo haber sido un accidente. No llamar a una ambulancia fue una decisión.
Mi esposa abrió la boca, pero no encontró qué responder.
Le mostré la carpeta.
—También encontré esto. La firma falsa, la cita con el comprador y el nombre de tu hermano.
Su expresión cambió completamente.
—¿Fuiste a la gestoría?
—Sí. Y ahora vas a decirme para qué necesitabas desesperadamente ese dinero.
Patricia se dejó caer en una silla.
Durante varios minutos solamente lloró.
Finalmente confesó algo que había ocultado durante ocho meses.
Su hermano Óscar estaba a punto de perder el taller mecánico que había heredado de nuestro suegro. Tenía deudas con proveedores, pagos atrasados y un préstamo que ya no podía cubrir.
Patricia decidió ayudarlo.
Sin consultarme, solicitó un crédito personal por 180,000 pesos.
Óscar le prometió que devolvería el dinero cuando consiguiera estabilizar el negocio.
Pero las cosas empeoraron.
El taller perdió a dos de sus principales clientes. Óscar dejó de pagarle a su hermana y Patricia comenzó a cubrir las mensualidades con sus propios ahorros.
Después utilizó parte del dinero de nuestra cuenta compartida.
Cuando ya no pudo continuar, pidió otro crédito para cubrir los pagos anteriores.
Con intereses, comisiones y atrasos, la deuda total había crecido hasta superar los 260,000 pesos.
—Pensé que podría arreglarlo antes de que te enteraras —sollozó.
—¿Y decidiste vender el coche de Daniela?
—Nos ofrecían 125,000 pesos. Con eso podía ponerme al corriente y conseguir tiempo.
La miré con incredulidad.
—Ese coche es suyo, Patricia. Lo utiliza para estudiar y trabajar.
—¡Pero somos una familia! ¡Se supone que debemos ayudarnos!
Aquella frase terminó de romper algo dentro de mí.
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