El 5 de febrero amaneció con un cielo de plomo y una ventisca tan espesa que borraba la línea entre la carretera y el monte.
Aun así, Carmen condujo hasta el kilómetro 218 de la N-340 como si obedeciera a una promesa que llevaba tres años haciéndose en silencio.
Apagó el motor, apoyó las manos en el volante y se quedó inmóvil, mirando la curva donde la vida se había partido en dos.
Aquel tramo seguía siendo el mismo: el roble oscuro, la cuneta profunda, la sensación de que allí el aire pesaba más.
Tres inviernos antes, ella y Daniel habían salido de casa para volver temprano.
Él iba en el asiento trasero, adormilado, con una bufanda azul que le había tejido su abuela.
Carmen recordaba demasiado bien el instante en que el coche perdió adherencia, el giro inútil del volante, el golpe seco, el cristal roto, el silencio imposible después del impacto.
Recordaba también a un sanitario sujetándole los hombros mientras ella gritaba el nombre de su hijo.
Desde entonces, había aprendido a seguir respirando, pero no a vivir sin culpa.
Abrió la puerta del coche y el viento le golpeó el rostro como una bofetada.
En la mano llevaba un ramo de tulipanes amarillos, las flores favoritas de Daniel.
Caminó con dificultad hasta la pequeña cruz de madera clavada junto a la cuneta.
La nieve le crujía bajo las botas.
Se arrodilló, retiró con la manga parte del hielo acumulado en la base y apoyó las flores con cuidado.
Tenía la garganta cerrada.
Como todos los años, vino a decirle perdón a un niño que ya no podía oírla.
Fue entonces cuando vio el bulto gris unos metros más allá.
Al principio pensó que era un perro grande o un saco arrastrado por el viento.
Pero el bulto se movió apenas, y Carmen distinguió una cabeza alzada con esfuerzo, unas orejas tensas y dos ojos amarillos que la miraban sin parpadear.
La loba estaba tumbada en el mismo lugar donde años atrás habían intentado reanimar a Daniel.
Su pelaje plateado estaba apelmazado por el hielo.
Bajo su vientre, casi ocultos, temblaban dos cachorros minúsculos.
Carmen se quedó quieta.
La loba no gruñó.
No mostró colmillos.
Solo respiró con una dificultad lenta, dolorosa.
Entonces Carmen vio que las patas traseras estaban mal posicionadas, inmóviles, y comprendió que había sido atropellada.
El animal usaba lo último que le quedaba de fuerza para cubrir a las crías del viento.
Aquella escena la atravesó con una violencia que no venía del miedo, sino del reconocimiento.
Era una madre perdiéndose delante de otra madre que también se había perdido.
Podía volver al coche y llamar a emergencias ambientales.
Podía hacer lo razonable.
Pero el móvil no tenía cobertura, la nieve seguía cayendo y el frío ya se estaba tragando el calor de los cachorros.
Carmen miró una vez la cruz, luego a la loba, y sintió algo que llevaba años enterrado bajo la culpa: una orden más fuerte que el dolor.
Se quitó el abrigo, lo extendió sobre la nieve y avanzó muy despacio, hablándole en voz baja, como se habla a un niño asustado.
—No voy a hacerte daño —murmuró, aunque no sabía si hablaba con el animal o consigo misma—.
Solo aguanta un poco más.
Cuando rozó el lomo de la
loba, el cuerpo del animal se tensó.
Un gruñido bajo, casi sin fuerza, vibró en el aire.
Carmen se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole las costillas.
Uno de los cachorros emitió un chillido fino.
Para obtener más información,continúa en la página siguiente