La loba volvió la cabeza hacia él, y en aquel movimiento Carmen vio claramente el conflicto: dolor, instinto, agotamiento.
Aprovechó ese instante para envolver primero a las crías en su bufanda y meterlas dentro de una caja de plástico que llevaba en el maletero.
Después, con una mezcla de esfuerzo y desesperación, arrastró a la loba hasta las puertas traseras del coche.
No fue heroico.
Fue torpe, helado y brutal.
Carmen resbaló dos veces.
Se golpeó una rodilla.
En un momento pensó que el animal iba a morderle la mano cuando intentó levantarle el torso, pero la loba ya no tenía fuerzas ni para eso.
Finalmente, consiguió subirla al coche sobre una manta vieja.
La cabeza del animal quedó apoyada cerca del borde del asiento.
Los cachorros, dentro de la caja, se retorcían buscando calor.
Carmen cerró de un golpe y corrió al volante con la respiración rota.
La tormenta convirtió el trayecto en una pelea contra la carretera.
No había cobertura.
Apenas había visibilidad.
El limpiaparabrisas apartaba nieve y la nieve volvía a cubrirlo todo al segundo.
Detrás de ella, la loba dejó escapar un gemido grave.
Carmen miró por el retrovisor y vio aquellos ojos amarillos abiertos, clavados en su nuca.
Durante varios kilómetros condujo con la sensación absurda de que llevaba la muerte respirando detrás.
Y, sin embargo, por primera vez desde el accidente de Daniel, no pensaba en lo que había perdido, sino en lo que aún podía salvar.
A seis kilómetros encontró una luz naranja entre la cortina blanca de la ventisca.
Era un pequeño puesto de mantenimiento de carreteras, donde una quitanieves municipal estaba detenida junto a una nave baja.
Frenó bruscamente y salió del coche pidiendo ayuda a gritos.
Del interior salió un hombre ancho de hombros, con barba empapada y chaqueta reflectante.
Se llamaba Andrés y era el encargado del turno de noche.
Al ver el contenido del coche, soltó una maldición, pero reaccionó al instante.
Hizo pasar a Carmen al cobertizo y avisó por radio a una veterinaria rural que estaba colaborando con Protección Civil en la zona.
La veterinaria, Leire Salvat, llegó veinte minutos después en un todoterreno blanco.
Traía las manos frías, la voz firme y esa calma peculiar de la gente acostumbrada a actuar cuando todos los demás ya están asustados.
Revisó a la loba en el coche, palpó con delicadeza, iluminó sus pupilas y miró a Carmen con seriedad.
—Tiene traumatismo severo en la pelvis y probablemente hemorragia interna.
Si no la movemos ya, muere aquí.
Los cachorros aún tienen posibilidades.
—Entonces muévala —respondió Carmen sin dudar—.
Haga lo que sea.
Entre Leire, Andrés y Carmen improvisaron un traslado.
Sedaron lo justo al animal para poder manipularlo sin aumentar su sufrimiento, aseguraron a los cachorros en una caja térmica y organizaron una caravana corta hasta el Centro de Recuperación de Fauna más cercano, que esa noche operaba con personal mínimo por el temporal.
Andrés abrió camino con la quitanieves.
Detrás iba Carmen, siguiendo las luces intermitentes como quien sigue una cuerda tendida en mitad del abismo.
Llegaron poco antes de las tres
de la madrugada.
Allí los recibió el doctor Vega, director del centro, junto con un agente ambiental llamado Molina.
Todo ocurrió muy deprisa: camilla, puertas que se abren, órdenes secas, lámparas, guantes, vapor saliendo de las bocas.
A Carmen la apartaron de la sala de intervención, pero nadie le quitó la caja con los cachorros.
Uno de ellos se movía con más fuerza; el otro apenas emitía un sonido débil.
Una auxiliar le acercó una incubadora portátil y le enseñó a colocarles unas compresas tibias alrededor.
Mientras en el quirófano intentaban estabilizar a la madre, Carmen se quedó sentada en un taburete metálico con los codos sobre las rodillas, observando a los dos cuerpos diminutos luchar por quedarse en el mundo.
El más pequeño abrió la boca buscando algo y ella, casi sin darse cuenta, le rozó el hocico con la punta del dedo enguantado.
Aquel gesto mínimo la desarmó.
De pronto recordó a Daniel con fiebre, con tres años, dormido sobre su pecho.
Recordó cómo su hijo buscaba su mano incluso en sueños.
Y esa memoria, en vez de destrozarla, le dio una tarea: seguir allí.
A las cinco y veinte de la mañana, Leire salió del quirófano con la mascarilla bajada y los ojos cansados.
Carmen entendió la respuesta antes de escucharla.
—Lo siento —dijo la veterinaria—.
Las lesiones eran demasiado graves.
Hemos conseguido que no sufriera al final.
Pero los cachorros van a salir adelante si siguen respondiendo así.
Carmen asintió una vez.
No lloró enseguida.
Se quedó mirando la puerta cerrada del quirófano como si necesitara unos segundos para hacer sitio a una tristeza más.
Después se dobló sobre sí misma y lloró con una rabia antigua, desordenada, que no era solo por la loba.
Era por Daniel.
Era por el invierno de tres años enteros en su pecho.
Era por haber pasado tanto tiempo repitiéndose que no había sabido ser madre cuando, en realidad, lo único que había sabido hacer desde entonces era sufrir.
Leire no la consoló con frases vacías.
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