PARTE 1
—Si toca a mi hija sin permiso, nadie en este avión vuelve a respirar.
La amenaza salió de la boca de Santiago Beltrán con una calma que heló la sangre de todos los pasajeros. No era un hombre acostumbrado a repetir órdenes. En México, su apellido se decía en voz baja, como si hasta las paredes pudieran escuchar.
Pero su bebé no dejaba de llorar.
El jet privado cruzaba la noche entre Cancún y Ciudad de México, suspendido sobre un cielo negro, lujoso por dentro y lleno de miedo. Los asientos de piel clara, las copas de cristal, los relojes caros y los guardaespaldas armados no servían de nada contra ese llanto.
No era un llanto normal.
Era un sonido delgado, desesperado, como si la pequeña se estuviera quedando sin fuerzas.
Clara Mendoza estaba sentada 3 filas atrás, con las manos apretadas contra el pecho. Había subido a ese vuelo porque una antigua compañera del hospital le consiguió un lugar de último minuto. Iba a la capital para firmar unos papeles de la clínica donde trabajó antes de que su vida se rompiera.
Antes de que un camión se llevara a su esposo y a sus 2 bebés gemelos en una carretera mojada de Puebla.
Habían pasado 4 meses.
Clara ya no era madre en la práctica, pero su cuerpo no entendía de funerales. Todavía producía leche. Todavía despertaba con dolor en el pecho. Todavía evitaba mirar cualquier carreola en la calle porque sentía que el aire se le acababa.
Cuando la bebé de Santiago lloró más débil, Clara cerró los ojos.
No era su hija.
No era su problema.
Y ese hombre era peligroso.
Santiago Beltrán estaba al frente del avión, con un traje negro impecable y la camisa abierta en el cuello. Tenía el rostro duro, la mandíbula marcada, manos grandes con cicatrices viejas. En sus brazos, la bebé se retorcía con poca fuerza. Él intentó darle un biberón, pero la niña rechazó la mamila con desesperación.
—No quiere fórmula —murmuró una sobrecargo, pálida.
—Entonces traigan algo que sí quiera —dijo Santiago.
Nadie respondió.
Los guardaespaldas bajaron la mirada. Eran hombres capaces de enfrentar balas, pero no sabían qué hacer con una recién nacida hambrienta.
Clara escuchó el cambio en el llanto.
Lo conocía.
En el hospital había visto bebés pasar del enojo al agotamiento. Ese sonido no pedía paciencia. Pedía ayuda.
Se levantó.
Todos voltearon.
Uno de los escoltas se interpuso.
—Siéntese, señora.
Clara tragó saliva.
—Soy enfermera pediátrica.
Santiago levantó la vista.
Sus ojos oscuros parecían no confiar en nadie.
—¿Y?
—Su hija no está haciendo berrinche. Tiene hambre. Si sigue así, se va a debilitar más.
La cabina quedó en silencio.
La bebé soltó un quejido mínimo, casi sin aire.
Eso fue lo que rompió a Clara.
—Yo puedo ayudarla —dijo.
Santiago se puso de pie lentamente.
—¿Cómo?
Clara sintió la vergüenza quemarle el rostro, pero no bajó la mirada.
—Puedo amamantarla.
La sobrecargo se llevó una mano a la boca. Un escolta murmuró una grosería. Santiago no se movió.
—¿Por qué podría hacer eso? —preguntó él.
Clara apretó los labios.
—Porque perdí a mis hijos hace 4 meses.
La dureza del hombre se quebró por una fracción de segundo.
La bebé volvió a gemir.
Santiago miró a su hija. Después miró a Clara.
—Si la lastima…
—No la voy a lastimar.
Él dio un paso a un lado.
Clara recibió a la niña con manos temblorosas. Era pequeñísima. Caliente. Viva. Al sentirla buscar desesperada, algo dentro de Clara se abrió con un dolor insoportable.
La cubrieron con una manta.
La bebé se prendió al pecho como si hubiera estado esperando ese momento para seguir viviendo.
El sonido del avión desapareció.
También los hombres.
También el miedo.
Solo existió esa criatura tragando con ansia, aferrada a Clara con sus deditos débiles.
Santiago se quedó de pie frente a ellas. El hombre que todos temían parecía, por primera vez, completamente perdido.
—¿Cómo se llama? —susurró Clara.
Él tardó en contestar.
—Lucía.
Clara cerró los ojos.
—Está viva, Lucía. Tranquila.
La bebé dejó de llorar poco a poco hasta quedarse dormida contra ella.
Entonces Santiago recibió un celular de uno de sus hombres. Leyó un mensaje. Su rostro cambió.
Ya no era miedo de padre.
Era guerra.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
Santiago guardó el teléfono y la miró como si acabara de condenarla sin querer.
—Acaban de enviar su nombre completo, su dirección en Puebla y una foto suya subiendo al avión.
Clara sintió que la sangre se le iba del cuerpo.
—¿Quién?
—Alguien que quiere usarla para llegar a mi hija.
—Yo no tengo nada que ver con usted.
—Ya lo tiene.
Clara abrazó a Lucía con más fuerza.
—Cuando aterricemos, me bajo y me voy.
Santiago la miró en silencio.
Luego dijo la frase que le heló el alma:
—No puede volver a su casa.
Y cuando Clara intentó levantarse, un escolta cerró la puerta de la cabina desde adentro.
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