Alimenté al bebé hambriento de un capo en un jet privado…

PARTE 2

—Usted no me está protegiendo, me está secuestrando —dijo Clara, con Lucía dormida contra su pecho.

Santiago no respondió de inmediato. Afuera, la noche seguía pegada a las ventanas del jet. Adentro, nadie respiraba tranquilo.

—Si quisiera secuestrarla, no estaría explicándole nada —dijo al fin.

—Eso no lo hace mejor.

Él aceptó el golpe con la mirada baja.

Uno de los escoltas se acercó.

—Patrón, encontramos un teléfono escondido en la bolsa de la sobrecargo.

La joven, llamada Fernanda, empezó a llorar.

—¡No es mío! Se lo juro. Yo no hice nada.

El escolta puso el celular sobre la mesa. En la pantalla abierta había un mensaje:

LA ENFERMERA SE LLAMA CLARA MENDOZA. YA ALIMENTÓ A LA NIÑA. EL JEFE LA MIRÓ DEMASIADO.

Clara sintió náusea.

Santiago levantó la vista hacia Fernanda.

—¿Para quién trabajas?

—Para nadie. Tengo una mamá enferma en Iztapalapa. Yo solo necesitaba este empleo.

—La usaron —dijo Clara de pronto.

Todos voltearon hacia ella.

Santiago frunció el ceño.

—No la defienda.

—Se ve aterrada, no culpable.

—El miedo también miente.

—Y la violencia también se equivoca.

Por un instante, los ojos de Santiago chocaron con los de Clara. Nadie le hablaba así. Menos con una bebé en brazos, menos en su propio avión.

—Enciérrenla atrás —ordenó él—. Viva.

Fernanda sollozó de alivio mientras se la llevaban.

Clara respiró hondo.

—¿Siempre decide así la vida de la gente?

—Hoy decidí no matarla.

—Qué hombre tan noble.

Uno de los escoltas bajó la cabeza para ocultar una sonrisa. Santiago lo fulminó con la mirada.

Antes de que alguien hablara, la voz del piloto sonó por el altavoz.

—Señor Beltrán, nos negaron aterrizaje en Toluca.

Santiago se puso rígido.

—¿Quién dio la orden?

—No aparece en sistema. También cerraron Santa Lucía. Nos mandan a aterrizar en Querétaro para inspección.

Los escoltas cambiaron de postura. No era sorpresa. Era preparación.

—Querétaro es trampa —dijo un hombre mayor llamado Ramiro.

Santiago apretó la mandíbula.

—¿Combustible?

—Suficiente para llegar a una pista privada en la sierra.

Ramiro bajó la mirada.

—Esa pista era de su tío Evaristo.

La cabina se enfrió.

Clara lo notó.

—¿Quién es Evaristo?

Santiago no contestó.

Lucía se removió y empezó a llorar. Clara la meció por instinto. Santiago la miró con una mezcla de dolor y culpa.

—Mi esposa murió hace 12 días —dijo él en voz baja—. Me dijeron que fue una complicación después del parto. Ayer supe que la envenenaron.

Clara sintió que el enojo se le desarmaba.

—¿Y la bebé?

—La dejaron sin alimento a propósito. No para matarla todavía. Para debilitarla. Un padre desesperado firma cualquier cosa.

—¿Quién haría eso?

Santiago levantó los ojos.

—Familia.

El avión descendió con brusquedad.

Clara se agarró del asiento. Lucía lloró más fuerte.

Santiago abrió un compartimento oculto y sacó un pequeño brazalete con una piedra azul.

—Póngaselo.

—No.

—Si nos separan, mis hombres podrán encontrarla.

—No soy de su propiedad.

Él bajó la voz.

—Esta noche usted es la razón por la que mi hija sigue viva. Eso la vuelve más valiosa que todo lo que tengo.

—Eso no me tranquiliza.

—Lo sé.

Otra sacudida del avión la hizo perder equilibrio. Santiago la sostuvo del brazo sin lastimarla.

—Por favor, Clara.

Esa palabra, en boca de ese hombre, sonó casi imposible.

Ella miró a Lucía. Luego extendió la muñeca.

El brazalete cerró con un clic.

Aterrizaron en una pista oscura entre cerros. No había torre, ni luces, ni ayuda. Solo 4 camionetas negras esperando.

Santiago bajó primero.

Un hombre viejo, elegante, con sombrero claro y bastón de plata, salió de la camioneta central.

—Sobrino —dijo sonriendo—. Por fin llegas con la mujer correcta.

Santiago se colocó frente a Clara.

—Tío Evaristo.

Clara sintió que Lucía se apretaba contra ella.

Evaristo la observó con una calma repugnante.

—Clara Mendoza. Viuda. Enfermera. 2 hijos muertos. Renta atrasada. Una hermana en Puebla. Una casa vacía llena de juguetes que no se atreve a tocar.

Clara se quedó sin aire.

Santiago palideció.

—¿Qué significa esto? —preguntó ella.

Evaristo sonrió más.

—Que mi sobrino cree en casualidades. Yo creo en planes.

El corazón de Clara empezó a golpearle el pecho.

—Usted me puso en ese avión.

—Y puse a la niña hambrienta frente a usted. La tristeza abre puertas, Clara. Solo hay que saber empujar.

Santiago dio un paso adelante.

—¿Qué quieres?

—Tu firma. Tu renuncia. La custodia legal de Lucía pasaría a mis manos si demuestro que eres inestable.

—Jamás.

Evaristo levantó el bastón.

Desde atrás, Ramiro, el escolta viejo, sacó una pistola y la apuntó directo a Lucía.

—Perdóneme, patrón —dijo con lágrimas—. Tienen a mi nieto.

Clara dejó de respirar.

Santiago también.

Evaristo se inclinó hacia ella.

—Y ahora, enfermera, usted va a declarar que Santiago Beltrán perdió la razón.

Entonces el brazalete azul en la muñeca de Clara empezó a parpadear como una cuenta regresiva.

PARTE 3:Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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