Caminé hacia la ceremonia con el vestido naranja pegándose a mis piernas y la cabeza levantada como si no me estuviera ardiendo la cara de vergüenza. La hacienda estaba decorada con flores blancas y lila, luces cálidas, caminos de pétalos y arreglos elegantes. Todo estaba pensado para combinar. Todo, menos yo.
Antes de salir al pasillo, escuché a dos invitadas murmurar detrás de unas macetas.
—¿Esa es dama también?
—Quién sabe… parece que llegó a otra boda.
No volteé. Si volteaba, iba a llorar. Y yo no iba a darle eso a Karla.
La ceremonia fue hermosa, aunque me duela admitirlo. Ricardo lloró cuando vio entrar a mi hermana. Karla se veía radiante, perfecta en su vestido blanco, con ese brillo de mujer que sabe que todos la están mirando. Yo estaba al final de la fila, convertida en una mancha naranja junto a cinco mujeres vestidas de lavanda. Cada cámara me encontró. Cada mirada me atravesó.
Durante la sesión de fotos, Karla pidió varias tomas “solo con las damas”. La fotógrafa, una mujer llamada Sofía, acomodó a todas con cuidado. Karla intentó ponerme atrás, casi escondida detrás de Fernanda.
—Mejor Mariana al extremo —dijo Sofía con educación—. Así se equilibra la composición.
Karla apretó la mandíbula.
Yo no dije nada.
En la hora del cóctel, tres personas se acercaron a preguntarme qué había pasado. Una tía de Ricardo lo hizo con cariño. Un compañero de trabajo de Karla, con morbo. Y mi tía Lupita, hermana mayor de mi mamá, con esa mirada afilada de las mujeres que ya han visto demasiadas injusticias en silencio.
—Ella te hizo esto a propósito —me dijo, sin preguntar.
—Sí.
—¿Tu mamá sabe?
—Mi mamá cree que yo estoy exagerando.
La tía Lupita respiró hondo, mirando hacia la mesa principal donde Karla reía con una copa en la mano.
—Tu mamá lleva años haciéndose la ciega, mija. Pero a veces hasta los ciegos oyen cuando la verdad truena.
Yo no contesté. Porque había algo que nadie sabía.
Tres semanas antes de la boda, me encontré con Daniela, la hermana menor de Ricardo, en un Soriana cerca de mi departamento. Nos habíamos visto pocas veces, pero siempre me cayó bien. Me preguntó cómo iban los preparativos. Yo dije que bien, por costumbre. Entonces ella frunció el ceño.
—Oye, Mariana… ¿tu vestido sí era diferente al de las demás?
Sentí frío.
—¿Diferente cómo?
Daniela miró alrededor, incómoda.
—Vi una copia de la orden porque ayudé a Ricardo con unos pagos del proveedor. Cinco vestidos lila, tallas normales. Y el sexto venía marcado como “naranja intenso”, corte distinto, talla 2XL. Pensé que tú lo habías pedido así, como algo especial.
No supe qué decir.
—¿Estás segura?
—Sí. Y no parecía error del proveedor. Estaba escrito en la solicitud original.
Esa noche llegué a mi departamento y lloré sentada en el piso de la cocina. No por el vestido. Por todo lo que representaba. Por los cumpleaños donde Karla apagaba mis velas “de broma”. Por la vez que rompió mi vestido de graduación y mi mamá dijo que seguro lo había jalado yo. Por todos los años en que me pidieron aguantar para no alterar la paz de una casa donde mi paz nunca importó.
Pensé en confrontarla antes de la boda. Pensé en no ir. Pensé en mandarles a todos captura de la orden si Daniela podía conseguírmela. Pero al final decidí algo distinto: iría. Me pondría el vestido. No haría escándalo. Dejaría que Karla explicara lo inexplicable si alguien preguntaba.
En la recepción, Daniela me observaba desde la mesa de la familia del novio. Vi que hablaba con Ricardo, seria, inclinándose hacia él para que nadie más escuchara. Él dejó de sonreír. Primero miró a Daniela. Luego me buscó entre las mesas. Después miró a Karla.
Poco antes del vals, Ricardo se levantó y caminó hacia mí. Todavía llevaba el boutonniere en el saco y tenía el rostro pálido.
—Mariana —dijo en voz baja—, necesito preguntarte algo. Y necesito que seas honesta conmigo. ¿Karla pidió ese vestido así?
Lo miré a los ojos.
—Sí.
—¿A propósito?
—Sí.
Ricardo cerró los ojos un segundo, como si algo dentro de él acabara de romperse.
—Perdóname —susurró—. Yo no sabía.
—Tú no lo hiciste.
—Pero ahora lo sé.
Regresó a la mesa principal. Karla notó de inmediato su cara. Se inclinó hacia él, sonriente al principio, luego nerviosa. Ricardo le dijo algo. Ella negó con la cabeza. Él volvió a hablar. La sonrisa de mi hermana desapareció.
Entonces la música del vals empezó… pero Ricardo no se levantó.
Y todos en el salón voltearon a mirar.
PARTE 3 Continua en la siguiente pagina