Mis piernas colgaron. Mi corazón martilló.
“¿Estás bien?” Preguntó Miguel.
Asentí, con lágrimas en los ojos.
“Solo estoy haciendo algo que mi tío quería que hiciera”, dije.
Me quedé con la mayor parte de mi peso sobre mis propias piernas durante unos segundos.
La máquina empezó.
Mis músculos gritaban. Mis rodillas se abrocharon. El arnés me atrapó.
“Otra vez”, le dije.
Volvimos a ir.
***
La semana pasada, por primera vez desde que tenía cuatro años, me quedé con la mayor parte de mi peso en mis propias piernas durante unos segundos.
No era bonito. Me sacudí. Yo lloré.
¿Lo perdono?
Pero yo estaba en posición vertical.
Pude sentir el piso.
En mi cabeza, escuché la voz de Ray: “Vas a vivir, chico. ¿Me oyes?”
¿Lo perdono? Algunos días, no.
Algunos días, todo lo que siento es lo que escribió en esa carta.
No huyó de lo que hizo.
Otros días, recuerdo sus manos ásperas bajo mis hombros, sus terribles trenzas, sus discursos de “no eres menos”, y creo que lo he estado perdonando en pedazos durante años.
Lo que sé es esto: no huyó de lo que hizo. Pasó el resto de su vida entrando en ella, una noche de alarma, una llamada telefónica, un lavado de pelo a la vez.
No pudo deshacer el accidente. Pero me dio amor, estabilidad, y ahora una puerta.
Tal vez lo pase a través de él. Tal vez algún día vaya a caminar.
De cualquier manera, me llevó lo más lejos que pudo.
El resto es mío.