PARTE 2: LA CARTA QUE DESTRUYÓ 19 AÑOS DE MENTIRAS

El documento revelaba que, meses antes de su supuesta muerte, su padre había descubierto irregularidades en las cuentas familiares. Había sospechado que Mercedes desviaba dinero de la finca y que Julián había firmado documentos que nunca debió firmar.

La carta también mencionaba una segunda copia de aquellos documentos, guardada en un lugar que nadie había registrado.

El sótano de la antigua casa.

Gabriel levantó la vista.

—¿Qué hay debajo de esta casa?

Mercedes comenzó a temblar.

Julián cerró los ojos.

Y entonces Isabel dijo algo que ninguno de ellos esperaba.

—Yo lo sé.

Todos se volvieron hacia ella.

—La noche antes de que me marchara, tu padre vino a verme —explicó, mirando a Gabriel—. Me dijo que, si algún día algo le ocurría, debía buscar una caja de hierro escondida bajo las piedras del antiguo pozo. Nunca me atreví a hacerlo. Tenía miedo de que Mercedes descubriera que yo sabía algo.

Gabriel sintió que la rabia se mezclaba con una esperanza dolorosa.

—¿La caja sigue allí?

Isabel asintió.

Los cuatro caminaron hacia el pozo abandonado detrás de la casa. Julián llevaba una linterna; Adrián apartó las piedras pequeñas mientras Gabriel ayudaba a levantar una losa cubierta de tierra.

Debajo apareció una caja oxidada.

La cerradura cedió después de varios intentos.

En su interior había escrituras, recibos bancarios, fotografías y un documento firmado por el padre de Gabriel pocos días antes de morir.

Gabriel leyó la primera página.

Después miró a Mercedes.

—No sólo intentaste separarnos —dijo con voz baja—. También falsificaste documentos para quedarte con una parte de mi herencia.

Mercedes empezó a llorar.

—Gabriel, yo soy tu madre.

Él la miró durante largo rato.

—Y yo era tu hijo cuando me hiciste llorar frente a una tumba vacía.

No hubo gritos después de aquello.

Gabriel llamó a su abogado y le pidió que conservara todos los documentos para una investigación formal. No prometió vengarse ni intentó resolver diecinueve años de injusticia en una sola noche.

Pero tomó una decisión.

La finca no se vendería.

La casa sería restaurada, no demolida. Isabel tendría la oportunidad de decidir dónde quería vivir. Y Adrián podría conocer a su padre a su propio ritmo, sin que nadie volviera a decidir por él.

Cuando Julián se disponía a marcharse, se volvió hacia Gabriel.

—Hay algo que todavía no sabes.

Gabriel se detuvo.

—¿Qué más?

El antiguo administrador miró a Mercedes, que permanecía sentada junto al pozo, derrotada.

—Ella no fue quien ideó todo. Recibía instrucciones de alguien que tenía acceso a las cuentas, a los documentos y a los registros de la propiedad. Alguien que sabía exactamente cuándo estabas fuera de la finca.

Gabriel sintió un escalofrío.

—¿Quién?

Julián sacó una última fotografía del bolsillo.

En ella aparecían Mercedes y un hombre mucho más joven, estrechándose la mano frente a una notaría.

Gabriel reconoció inmediatamente aquel rostro.

Era su tío Rafael, el hermano de su padre, el hombre que lo había consolado durante el funeral y que después se había convertido en su socio de negocios en Madrid.

El mismo hombre que llevaba años ayudándolo a administrar su fortuna.

Gabriel contempló la fotografía mientras el viento agitaba las hojas de los olivos.

Había recuperado a su esposa.

Había encontrado a su hijo.

Y finalmente había descubierto por qué los habían separado.

Pero ahora comprendía que la persona que más había confiado durante toda su vida podía ser la responsable de una traición todavía mayor.

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