PARTE 2: LA CARTA QUE DESTRUYÓ 19 AÑOS DE MENTIRAS

Adrián escondió la carta bajo su camiseta y salió al pasillo.

—¡Mamá! —susurró con urgencia—. Hay alguien afuera.

Isabel apareció en la puerta de su habitación.

Al mirar por la ventana, dejó caer la taza que llevaba en la mano.

El hombre del automóvil era Julián Rivas, el antiguo administrador de la finca. Había trabajado para la familia Montes durante más de treinta años y fue una de las últimas personas que vio a Isabel antes de que Mercedes anunciara su supuesta desaparición.

Pero Julián no estaba solo.

En el asiento del acompañante había una mujer mayor, elegantemente vestida, que permanecía inmóvil detrás del cristal.

Mercedes.

—No abras la puerta —ordenó Isabel a su hijo.

Sin embargo, Gabriel ya había despertado y se acercaba desde el otro lado del patio.

Cuando reconoció el automóvil de su madre, su expresión se endureció.

—Parece que alguien tiene prisa por explicarnos algo.

Se dirigió hacia la entrada antes de que Isabel pudiera detenerlo.

Julián salió del coche y se quitó lentamente las gafas.

—Gabriel, tienes que escucharme. Hay cosas que debí contarte hace muchos años.

—Entonces empieza por explicarme por qué mi madre dice que no debí encontrar a mi esposa.

Julián miró a Mercedes.

Ella abrió la puerta del acompañante y descendió con una calma que contrastaba con la tensión del momento.

—Esto es un asunto familiar —dijo—. No hay necesidad de convertirlo en un espectáculo.

Gabriel soltó una carcajada sin humor.

—¿Un asunto familiar? Me hiciste creer que mi esposa había muerto. Me robaste diecinueve años con mi hijo. ¿Qué parte de esto quieres mantener en secreto?

Mercedes levantó la barbilla.

—Todo lo que hice fue para protegerte.

—¿Protegerme de qué?

Por primera vez, Mercedes pareció quedarse sin palabras.

Entonces Julián dio un paso adelante.

—De la verdad sobre tu padre.

Gabriel se quedó inmóvil.

Su padre había muerto cuando él tenía diecisiete años. Siempre le habían dicho que había sido un hombre sencillo, dedicado a sus tierras y a su familia.

—¿Qué tiene que ver mi padre con Isabel?

Julián respiró profundamente.

—La finca nunca perteneció exclusivamente a tu madre. Tu padre dejó documentos que establecían que una parte importante de las tierras debía pasar a los hijos que tú tuvieras. Cuando Isabel quedó embarazada, Mercedes descubrió que el nacimiento de Adrián cambiaría la distribución de la herencia.

Gabriel miró a su madre.

—¿Me estás diciendo que apartaste a mi esposa para quedarte con las tierras?

—¡No fue así! —exclamó Mercedes—. ¡Tú no sabes cómo eran las cosas entonces!

—Pues explícamelo.

Mercedes apretó el bolso contra su cuerpo.

Julián continuó antes de que pudiera responder.

—Mercedes contrató a un intermediario para entregar aquella carta. También organizó el traslado de Isabel después de las inundaciones. La gente del pueblo creyó que se había marchado voluntariamente. Más tarde, cuando tú regresaste buscando a tu esposa, te hicieron creer que el río se la había llevado.

Isabel comenzó a llorar en silencio.

—Yo nunca supe nada de la herencia —dijo—. Sólo quería que Gabriel regresara.

Julián asintió con tristeza.

—Lo sé. Y hay algo más. La noche de las inundaciones, el automóvil que debía llevarte al centro de salud fue desviado por una orden que llevaba la firma de Mercedes. El conductor se negó a hablar durante años. Antes de morir, me entregó una copia del registro.

Gabriel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Pusiste en peligro la vida de mi esposa y de mi hijo?

Mercedes dio un paso atrás.

—¡Yo no ordené que muriera nadie! Sólo quería que se marchara. No podía permitir que una mujer sin fortuna cambiara el futuro de esta familia.

—Pero nunca morimos —dijo Isabel, levantando finalmente la mirada—. Sólo nos condenaste a vivir como si no existiéramos.

Durante unos segundos, nadie habló.

Entonces Adrián salió de la casa con la carta que había encontrado.

—¿Y esto qué es?

Julián palideció al reconocer el sobre.

Mercedes, en cambio, perdió por completo el control.

—¡Dámelo!

Adrián retrocedió.

—No. Llevo diecinueve años sin saber quién es mi padre. No voy a entregar nada hasta que alguien me diga la verdad.

Gabriel se colocó junto a su hijo.

No lo tocó. No intentó obligarlo a nada.

Simplemente permaneció a su lado.

—Tiene razón —dijo—. Se acabaron los secretos.

Adrián le entregó la carta.

Gabriel la abrió y leyó cada palabra con creciente incredulidad.

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