Salomé comenzó a llorar.
—Mamá, él me dijo que si hablaba, nunca volvería a verte.
Méndez se puso de pie lentamente.
—Necesito hablar inmediatamente con el fiscal y con el abogado de la señora Fuentes.
Uno de los guardias miró su reloj.
—Coronel, faltan menos de cuatro horas.
Méndez respondió con firmeza:
—Entonces no tenemos tiempo que perder.
Ramira se arrodilló frente a su hija.
—Mi amor, ¿por qué
no me lo dijiste antes?
Salomé acarició su rostro.
—Porque tenía miedo.
Sus lágrimas comenzaron a caer.
—Pero ayer escuché al tío Esteban hablando por teléfono. Dijo que después de hoy nadie podría demostrar lo que hizo.
Ramira abrazó a su hija con fuerza.
—Hiciste bien en contármelo.
Pero Méndez sabía que una declaración infantil, por importante que fuera, necesitaba ser investigada.
No bastaba con una acusación.
Y una sentencia tan grave no podía depender de suposiciones.
—Salomé —preguntó suavemente—, ¿recuerdas algo más de aquella noche?
La niña permaneció callada.
Después asintió.
—Mi papá escondió algo.
Méndez se inclinó hacia ella.
—¿Qué escondió?
—Una cajita negra.
Ramira levantó inmediatamente la cabeza.
—¿Una caja negra?
Salomé negó.
—Era pequeña, como un teléfono. Tenía una luz roja.
El coronel sintió que el corazón comenzaba a latir violentamente.
—¿Dónde la escondió?
La niña miró a su madre.
—Dentro de mi oso de peluche.
