“Me sentí bonita y pude trabajar todo el día.”
“Compré mis primeros zapatos caros porque alguien pensó en mí.”
Don Ernesto nunca pidió perdón, pero dejó de llamar a Alma “esa mujer”.
Una tarde de viernes, Lunita coloreaba en un escritorio amarillo dentro del nuevo estudio de diseño. Ya no se escondía en cajas del almacén. Ahora saludaba a todos como si el lugar también fuera un poquito suyo.
Santiago entró sin saco, con las mangas arremangadas. Se sentó en el piso y empezó a construir una torre de bloques con ella.
—Señor Santiago —dijo Lunita.
—Dime, Luna.
—¿Se acuerda cuando le di mi dinerito para que dejara descansar a mi mamá?
Él dejó el bloque en el aire.
—Me acuerdo.
—Usted no le dio solo un día.
Santiago bajó la mirada.
—Al principio casi no se lo doy.
Lunita sonrió.
—Pero ahora mi mamá sonríe todos los días. Entonces sí sirvió.
Santiago no supo qué decir.
En la puerta, Alma lo observaba con una carpeta contra el pecho. Ya no parecía una mujer a punto de desaparecer. Parecía viva. Fuerte. Presente.
Santiago se levantó y caminó hacia ella.
—Sobre aquella petición de Lunita…
Alma arqueó una ceja.
—¿Cuál?
—La de descansar un día. Este domingo pensé que podríamos hacerlo bien. Sin pendientes, sin juntas, sin miedo. Tú, Luna y yo. Chapultepec, helado, lo que ustedes quieran.
Alma lo miró con ternura.
—¿Eso es una invitación del jefe?
Santiago sonrió apenas.
—No. Es una invitación mía.
Lunita corrió hacia ellos y abrazó a su mamá por la cintura.
—¡Di que sí, mami!
Alma miró a Santiago. Recordó la oficina fría, las monedas en la mano de su hija, el miedo a perderlo todo. Luego miró el estudio lleno de luz, los diseños sobre la mesa, las sillas cómodas, las personas trabajando sin parecer condenadas.
—Sí —dijo al fin—. Pero nada de hablar de ventas.
—Trato hecho.
Lunita levantó los brazos como si hubiera ganado una copa.
Esa noche, al cerrar el estudio, Alma encontró sobre su escritorio el primer par terminado de la línea Aurora. En la caja había una nota escrita con letra firme:
“Para la mujer que me enseñó que la perfección no sirve de nada si no tiene alma.”
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