—No me das órdenes.
—No. Te estoy diciendo que no pienso quedarme mirando mientras te destrozan.
Aquellas palabras la desarmaron.
—¿Por qué?
Kivan pareció cansado.
—Porque sé lo que es que la familia te arranque algo y luego te pida que sonrías.
Gira lo miró de otra manera.
Por primera vez, dejó de ver solo al hombre misterioso de los rumores. Vio a alguien herido. Alguien que no quería mostrar la herida.
—¿Qué te hicieron? —preguntó.
Él se apartó.
—No hoy.
La llevó al médico. Pagó la consulta con dinero en efectivo. Luego la acompañó al hospital para ver a su madre.
La madre de Gira, Elena, estaba inconsciente. Pálida, delgada, con el cabello recogido y una mano fría sobre la sábana. Gira se sentó a su lado.
—Mamá, me casé —susurró—. No como tú habrías querido. No con flores de verdad ni música bonita ni un hombre al que conociera de niña. Pero lo hice por ti. Aguanta un poco más, por favor.
Kivan se quedó en la puerta. No interrumpió.
Más tarde, cuando Gira salió al pasillo, lo encontró hablando por teléfono en voz baja.
—Quiero el mejor equipo médico. Hoy. Sin retrasos. Y que nadie sepa quién paga.
Gira se quedó quieta.
Él colgó al verla.
—¿Con quién hablabas?
—Con un conocido.
—¿Qué conocido paga equipos médicos como quien pide comida?
Kivan guardó el móvil.
—Uno que me debe favores.
—¿Eres pobre o poderoso según te conviene?
—Soy alguien intentando ayudarte.
—No me mientas.
Él la miró con una tristeza breve.
—Todavía no puedo contarte todo.
—Entonces no me pidas confianza.
Gira volvió a la habitación de su madre. Pero algo había cambiado.
Esa misma noche, trasladaron a Elena a una unidad mejor. Nuevos médicos revisaron su caso. Una enfermera más atenta empezó a controlar cada medicamento.
Celine, la mejor amiga de Gira, llegó con café y una bolsa de ropa limpia.
—Ese marido tuyo da miedo —dijo en voz baja—, pero consiguió más en una tarde que nosotras en tres meses.
—No sé quién es.
—Pues averígualo antes de enamorarte.
Gira soltó una risa cansada.
—No seas ridícula.
Pero cuando miró por el cristal y vio a Kivan acomodando la manta de su madre con una delicadeza torpe, algo le apretó el pecho.
No era amor todavía.
Pero era peligroso.
Porque a veces el amor no entra haciendo ruido. Entra como una ayuda inesperada en el peor día de tu vida.
IV. El pobre que tenía demasiados secretos
Kivan no era pobre.
Gira empezó a sospecharlo por detalles pequeños.
Un hombre sin dinero no conoce por el nombre a cirujanos famosos. No consigue en una llamada una habitación privada en un hospital saturado. No habla con abogados a medianoche usando frases como “bloquea la transferencia” o “recuperaremos las acciones”.
Tampoco mira los edificios de oficinas como si alguna vez hubieran sido suyos.
Un lunes por la mañana, Kivan apareció en el apartamento con una bolsa de pan caliente.
—He encontrado trabajo para ti —dijo.
Gira casi se atragantó con el café.
—¿Perdón?
—No tú exactamente. Una empresa está contratando personal administrativo. Tienes estudios, hablas bien, eres organizada.
—¿Y cómo sabes todo eso?
—Me informé.
—Eso suena a vigilancia.
—Suena a que necesitabas una oportunidad.
Gira quería enfadarse. De verdad. Pero la idea de trabajar, de ganar su propio dinero, de no depender de Julia ni de ese matrimonio extraño, le abrió una ventana en el pecho.
—¿Qué empresa?
—Digitech.
Celine casi gritó cuando se enteró.
—¿Digitech? ¿La empresa tecnológica? ¿Tú sabes quién entra ahí? Gente con tres contactos, dos másteres y un santo rezando por ellos.
—Kivan dice que puedo intentarlo.
—Kivan dice muchas cosas. A mí ese hombre me huele a secreto caro.
Gira fue a la entrevista. La aceptaron.
El primer día llegó con una blusa azul sencilla, el pelo recogido y un miedo enorme a hacer el ridículo. Pero trabajó bien. Muy bien. Había aprendido a resolver problemas porque su vida entera había sido un problema tras otro.
En la oficina conoció a Denis, un directivo carismático, amigo íntimo de Kivan.
—Así que tú eres Gira —dijo él, sonriendo demasiado—. Kivan no exageró. Eres más fuerte de lo que pareces.
—No sabía que hablaba de mí.
—Habla poco. Pero cuando lo hace, se le nota.
A Gira le incomodó la frase.
Denis era amable, elegante, aparentemente generoso. Había prestado una casa más grande para que Gira, Kivan y Elena pudieran vivir con seguridad mientras avanzaba el tratamiento. Al menos eso le dijeron.
La casa era preciosa. Luminosa. Con un jardín pequeño y una cocina donde entraba sol por la mañana.
—Tu amigo es demasiado generoso —le dijo Gira a Kivan.
—Denis tiene dinero de sobra.
—Y tú demasiados amigos ricos para ser un hombre arruinado.
Kivan no contestó.
Esa fue la primera grieta seria.
La segunda llegó una noche, cuando Kivan volvió tarde, con los nudillos manchados de sangre.
—¿Qué pasó? —preguntó Gira.
—Nada.
—Tienes sangre en la mano.
—No es grave.
—¿Eso se supone que debe tranquilizarme?
Él caminó hacia el baño, pero Gira se interpuso.
—No puedes aparecer y desaparecer, Kivan. No puedes protegerme por la mañana y tratarme como una extraña por la noche. No puedes mirarme como si te importara y luego esconderme media vida.
Kivan cerró los ojos.
—Hay cosas que hago para recuperar lo que me pertenece.
—¿Y yo qué soy en todo eso?
Él la miró.
—Una complicación.
La palabra cayó entre los dos como un plato roto.
Gira retrocedió.
—Gracias por aclararlo.
—No quise decir eso.
—Pero lo dijiste.
Esa noche no hablaron más.
Al día siguiente, en el hospital, los médicos descubrieron algo terrible: Elena no mejoraba porque alguien la estaba envenenando lentamente.
Gira sintió que el mundo se abría bajo sus pies.
—No puede ser —repetía—. No puede ser.
Pero sí podía.
El veneno estaba entrando en su organismo en dosis pequeñas, mezclado con comida o medicación. Alguien había querido que su muerte pareciera natural. Una enfermedad que empeora. Una madre que no despierta. Un final triste, pero limpio.
Kivan no pareció sorprendido. Pareció furioso.
—Fue Julia —dijo.
Gira lo miró.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque cuando alguien quiere robarlo todo, primero elimina a quien puede reclamarlo.
—¿Robar qué?
Kivan dudó.
Y esa duda lo condenó.
—¿Qué me estás ocultando?
—Gira…
—No. Ya no. Mi madre está envenenada. Mi vida es un contrato. Mi trabajo apareció de la nada. Vivo en una casa que supuestamente pertenece a tu amigo. Y tú sabes cosas antes de que pasen. Habla.
Kivan respiró hondo.
—Tu padre dejó documentos. Acciones. Herencia. Julia y Goste se quedaron con casi todo falsificando papeles.
Gira sintió náuseas.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque investigué.
—¿Por qué?
—Al principio, por mis propios intereses.
Ella se quedó helada.
—¿Qué intereses?
Kivan no respondió lo bastante rápido.
Y cuando la confianza está herida, un segundo de silencio parece una confesión.
Gira se marchó sin escuchar más.
Yo creo que hay mentiras que la gente cuenta por miedo y otras por egoísmo. Las primeras se pueden entender, aunque duelan. Las segundas pudren todo. El problema es que, cuando ya te han engañado demasiado, una no distingue unas de otras. Gira tampoco pudo.
V. El amigo que sonreía demasiado
Denis la encontró llorando en el jardín de la casa.
—Kivan volvió a hacerte daño —dijo.
Gira se limpió la cara.
—No quiero hablar.
—Él no sabe amar sin controlar.
La frase sonó demasiado preparada.
—Es tu amigo.
—Precisamente por eso lo conozco.
Denis se sentó a su lado.
—Gira, yo te aprecio. Más de lo que debería. Y me duele verte esperando cariño de alguien que solo piensa en dinero, acciones y venganza.
Ella se levantó.
—No hables así.
—¿Por qué? ¿Porque sabes que es verdad?
—Porque no tienes derecho.
Denis también se levantó, más cerca de lo necesario.
—Yo sí podría quererte bien.
Gira se quedó rígida.
—No digas eso.
—Ya lo dije.
—Estoy casada.
—Con un hombre que no te cuenta nada.
—Eso no te abre la puerta a ti.
Durante unos segundos, Denis pareció otro. La sonrisa se le endureció.
Luego bajó la mirada.
—Perdóname. Me equivoqué.
Gira quiso creerle. A veces una cree disculpas no porque sean buenas, sino porque está demasiado cansada para enfrentar otra traición.
Esa noche, Kivan no volvió a casa.
Gira lo llamó varias veces. Nada.
A la mañana siguiente, Denis apareció en la oficina con cara grave.
—Kivan está intentando cerrar el fondo familiar sin ti.
Para obtener más información,continúa en la página siguiente