—¿Qué?
—Cuando termine el plazo del matrimonio, recibirá el control de varias acciones. Por eso no quiere divorciarse todavía. Te necesita hasta que firme.
Gira sintió que se le apagaba algo por dentro.
—No puede ser.
Denis sacó unas fotografías. En ellas se veía a Kivan reunido con hombres de traje, documentos sobre una mesa, firmas.
—Lo siento.
Gira miró las imágenes sin verlas bien.
Quería defender a Kivan. Quería decir que él había salvado a su madre, que la había cuidado, que a veces la miraba como si ella fuera lo único real en una habitación llena de sombras.
Pero las pruebas estaban allí.
O parecían estarlo.
Cuando llegó a casa, Kivan estaba cocinando. Torpemente. Con harina en la manga y un gesto concentrado que habría sido divertido en otra vida.
—Quería preparar algo para ti —dijo.
Gira dejó las fotos sobre la mesa.
—¿Cuándo pensabas decirme que todo esto iba por dinero?
Kivan miró las imágenes.
—¿Quién te dio esto?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—Responde.
Él apretó la mandíbula.
—Estoy intentando recuperar empresas que pertenecían a mi padre. Y también lo que le robaron al tuyo.
—¿Y el fondo?
—Lo necesito para bloquear a Julia.
—¿Me necesitas a mí o me quieres a mí?
La pregunta lo golpeó.
—Gira…
—No. Contesta.
Kivan dio un paso hacia ella.
—Me enamoré de ti.
Gira casi se rió. No porque le hiciera gracia, sino porque el dolor, cuando es mucho, sale raro.
—Qué cómodo. Te enamoras justo cuando te descubro.
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue? ¿Cuando me viste sangrando? ¿Cuando vendí tu pulsera para pagar el hospital? ¿Cuando entendiste que yo era útil?
Él palideció.
—No eres útil. Eres…
—No termines la frase. No quiero oír otra mentira bonita.
Kivan extendió la mano, pero ella retrocedió.
—Quiero el divorcio.
Silencio.
La palabra quedó suspendida.
Kivan no gritó. No discutió. Solo pareció recibir un golpe invisible.
—Si eso quieres —dijo—, no te obligaré a quedarte.
Y esa respuesta la rompió más.
Porque una parte de ella, una parte pequeña y avergonzada, quería que él luchara.
A los dos días, Elena despertó.
Gira estaba dormida en una silla cuando escuchó su nombre.
—Hija…
Abrió los ojos y vio a su madre mirándola.
El llanto le salió antes que las palabras.
—Mamá.
Se abrazaron con cuidado, como si el cuerpo de Elena fuera de cristal. Después, entre lágrimas y pausas, Elena dijo algo que cambió todo.
—Kivan venía cada noche.
Gira se quedó quieta.
—¿Qué?
—Creía que yo no escuchaba. Pero escuchaba a ratos. Me hablaba de ti. Me decía que eras valiente, que él no te merecía, que tenía miedo de hacerte daño. Hija, ese hombre te quiere.
—Mamá, pidió el divorcio.
—¿Él lo pidió?
Gira dudó.
—Yo lo mencioné. Él aceptó.
Elena cerró los ojos.
—Eso no es pedir. Eso es dejarte libre.
A veces las madres ven lo que una no quiere mirar. No siempre tienen razón, claro. También se equivocan. Pero Elena, desde esa cama, con el cuerpo débil y la voz quebrada, vio algo que Gira no se atrevía a aceptar: Kivan podía haber mentido, sí. Pero también había amado.
Y las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.
VI. La trampa de las fotografías
La verdad apareció gracias a Celine.
Celine no confiaba en Denis. Nunca lo había hecho. Decía que tenía sonrisa de hombre acostumbrado a ser perdonado antes de pedir disculpas. Gira siempre le decía que exageraba.
Hasta que Celine recordó algo.
—La casa de verano de mis padres tiene cámaras —dijo una tarde—. El día que Denis fue a verte, cuando tú dijiste que te quedaste dormida, él estuvo allí.
Gira sintió frío.
—¿Qué quieres decir?
—Vamos a mirar la grabación.
Se sentaron frente al ordenador de Celine. La imagen era clara. Se veía a Gira en la cocina, sirviendo té. Denis estaba detrás. Cuando ella se giró hacia la encimera, él sacó algo pequeño del bolsillo y lo vertió en su taza.
Gira se tapó la boca.
—No…
Luego se vio a ella marearse. Sentarse. Caer dormida sobre el sofá.
Denis se acercó. No la tocó de forma violenta, pero colocó su cuerpo, inclinó su rostro cerca del suyo y tomó fotografías desde ángulos calculados. Fotografías que podían parecer íntimas. Fotografías suficientes para destruir una confianza frágil.
Celine maldijo.
—Ese desgraciado.
Gira no podía hablar.
Todo encajaba.
La distancia de Kivan. Su dolor. La frase: “Te vi con mis propios ojos”. La aceptación del divorcio. La forma en que parecía castigarse más que castigarla.
—Tengo que encontrarlo —dijo.
—¿A Denis?
—A Kivan.
Pero Kivan estaba a punto de irse.
Murat, su hombre de confianza, fue quien se lo confesó.
—El señor Kivan se marcha del país hoy. Dice que cada rincón de esta ciudad le recuerda lo que perdió.
—Llévame con él.
—Me matará si sabe que…
—Entonces que me mate después.
Lo encontraron antes de entrar al aeropuerto. Kivan llevaba una maleta, un abrigo oscuro y la cara de un hombre que no ha dormido en días.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Evitar que cometas la estupidez más grande de tu vida.
—Gira…
—Denis me drogó.
Kivan se quedó inmóvil.
Ella le mostró el vídeo en el móvil. No dijo nada mientras él lo veía. No hacía falta.
Cuando terminó, Kivan cerró los ojos. Parecía a punto de romper el teléfono con la mano.
—Voy a matarlo.
—No. Vas a escucharme.
Él la miró.
—Pensé que me habías traicionado.
—Y yo pensé que tú me habías usado.
—Te mentí.
—Sí.
—Te oculté mi dinero, mi empresa, mis planes.
—Sí.
—Pero nunca fingí amarte.
Gira tragó saliva.
—Yo tampoco.
Durante un segundo, todo el ruido del aeropuerto desapareció.
Kivan dejó la maleta.
—No sé amar bien —dijo—. Aprendí a defenderme antes de aprender a confiar. Mi familia mató a mi padre por quedarse con su empresa. Crecí pensando que si alguien sabía lo que yo tenía, me lo quitaría. Por eso me hice pasar por un hombre arruinado. Por eso acepté este matrimonio. Al principio no era por ti.
Gira sintió el pinchazo.
—Lo sé.
—Pero después sí. Después eras tú en todas partes. En la cocina, en el hospital, en la oficina, en mis días buenos y en los peores. Y me dio miedo. Porque cuando algo importa, también puede destruirte.
Gira respiró hondo.
—Mi vida entera me enseñó que amar era aguantar. Aguantar desprecios, promesas rotas, migajas. Contigo no quiero aguantar. Quiero elegir.
—¿Y qué eliges?
Ella lo miró con lágrimas en los ojos.
—Elijo saber toda la verdad. Elijo no volver a vivir entre mentiras. Y después… si todavía estamos de pie… quizá te elija a ti.
Kivan asintió.
—Te lo contaré todo.
—Hoy.
—Hoy.
—Y Denis no puede seguir cerca.
La mirada de Kivan se endureció.
—No lo estará.
Volvieron juntos.
No reconciliados del todo. No como en esas historias donde un beso arregla lo que una mentira rompió. La vida no funciona así. La confianza no vuelve porque alguien diga “perdón”. Vuelve despacio. Con hechos. Con paciencia. Con días en los que una persona demuestra que esta vez no va a esconder la mano.
Y Kivan tenía mucho que demostrar.
VII. Cuando los monstruos pierden la máscara
Julia y Goste creyeron que todavía podían ganar.
Habían obligado a Elena a firmar un acuerdo para no denunciarlas. La habían sacado del hospital con engaños, presionándola cuando aún estaba débil. Elena firmó por miedo a que volvieran a hacerle daño a Gira.
Pero Kivan había grabado la confesión de Goste.
No con violencia. No con amenazas. Solo con inteligencia. Durante una reunión, fingió no saber cómo habían administrado el veneno.
Goste, orgullosa de su propia maldad, lo dijo.
—Unas gotas en la comida. Poco a poco. Así nadie sospecha.
Esa frase la hundió.
La policía llegó a la mansión una mañana gris.
Julia gritó. Goste lloró. Las dos intentaron culparse entre ellas. Fue triste, sí, pero no daba pena. Porque hay personas que solo lloran cuando pierden, no cuando hacen daño.
Gira estuvo presente, de pie junto a su madre.
No disfrutó el momento.
Y esto es importante. La justicia no siempre se siente como fiesta. A veces se siente como cansancio. Como cerrar una puerta que estuvo abierta demasiado tiempo. Gira no quería venganza. Quería paz.
Julia, esposada, la miró con odio.
—Sin mí no eres nadie.
Gira respondió tranquila:
—Sin ti, por fin puedo ser algo.
Goste gritó que todo era mentira. Que Gira le había robado la vida, el dinero, la atención, incluso a Kivan.
—Yo era más bonita —chilló—. Yo merecía casarme con él.
Gira la miró con una tristeza inesperada.
—Ese fue siempre tu problema, Goste. Creíste que querer algo era suficiente para merecerlo.
Después se las llevaron.
Kivan devolvió a Gira y Elena las propiedades que Julia había manipulado. Parte de las acciones quedaron a nombre de Elena. Otra parte, por decisión de Elena, fue transferida a Gira.
—Tu padre habría querido esto —dijo.
Gira no sabía qué hacer con tanto cambio. Pasar de pedir dinero para una operación a tener una herencia recuperada no se sentía como triunfo. Se sentía irreal.
—No quiero convertirme en ellas —le confesó a Kivan una noche.
Estaban en el jardín. Elena dormía dentro. La casa estaba tranquila.
—No lo harás.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te preocupa.
Él tenía razón. La gente que se convierte en monstruo rara vez se pregunta si lo está haciendo.
Denis, mientras tanto, se desesperó.
La empresa de Kivan ya no lo necesitaba. Su plan de quedarse con parte del poder había fracasado. Gira lo había descubierto. Kivan también.
Cuando Kivan fue a hablar con él para ofrecerle una salida digna, Denis sacó un arma.
Gira llegó justo en ese momento.
No debería haber ido. Murat le había advertido que esperara. Pero una intuición la empujó hasta la oficina.
Vio a Denis apuntando a Kivan.
—Siempre todo fue tuyo —decía Denis, con la voz rota—. La empresa, el respeto, el dinero. Y ahora ella.
Kivan mantenía las manos visibles.
—Gira no es una cosa.
—No. Claro. Ella te eligió. Siempre te eligen a ti.
Gira entró despacio.
—Denis, baja el arma.
Él giró hacia ella.
—¿Lo amas?
Gira miró a Kivan. Ya no podía esconderse.
—Sí.
Denis sonrió, pero era una sonrisa muerta.
—Entonces estoy apuntando a la persona equivocada.
Todo pasó rápido.
Kivan se movió hacia ella en el mismo instante en que Denis disparó.
El sonido fue brutal.
Gira no gritó al principio. Se quedó muda viendo cómo Kivan caía, una mano sobre el abdomen, la camisa oscureciéndose bajo sus dedos.
Luego el mundo volvió de golpe.
—¡Kivan!
Murat y seguridad entraron. Denis fue reducido. La policía llegó después.
Pero para Gira solo existía la sangre. La mano de Kivan buscando la suya. Sus ojos intentando mantenerse abiertos.
—No te vayas —le suplicó ella—. No ahora.
Él intentó hablar.
—Perdón…
—No. No uses tus fuerzas en eso. Me lo dices cuando despiertes. Me lo dices cien veces si quieres. Pero despierta.
En el hospital, los médicos dijeron que la herida era grave.
Gira pasó días en una silla junto a su cama.
Celine le llevaba comida. Elena le rogaba que durmiera. Murat traía ropa limpia. Pero Gira apenas se movía.
—Todavía no le he dicho todo —susurraba—. Todavía no hemos bailado. Todavía no hemos tenido una mañana normal. No puede terminar así.
Una noche, creyendo que él no la escuchaba, apoyó la frente en su mano.
—Te amo, Kivan. Te amo aunque me hayas mentido, aunque me hayas desesperado, aunque seas el hombre más difícil del mundo. Pero vuelve. Porque si vuelves, te prometo que no vamos a vivir otra vez desde el miedo.
Sus dedos se movieron.
Muy poco.
Pero se movieron.
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