PARTE 1
—Papá, si regresas sin mi regalo, voy a pensar que ya no te acuerdas de mí.
Andrés sintió que esas palabras le atravesaron el pecho más fuerte que el frío de la carretera. Su hija Regina tenía apenas cinco años, pero desde que su mamá había muerto, hablaba como si hubiera aprendido demasiado pronto a medir el cariño en promesas cumplidas.
Esa mañana, antes de salir a ruta, Andrés la había dejado con Doña Consuelo, la vecina del 302, una señora viuda que olía siempre a canela, jabón de barra y pan recién hecho. No era familia, pero en los últimos dos años se había convertido en lo más parecido a una abuela para la niña.
—No se preocupe, mijo —le dijo ella, limpiándose las manos en el mandil—. Váyase tranquilo. Regina y yo vamos a hacer buñuelos. Cuando vuelva, hasta cena le guardamos.
Andrés le dejó algo de dinero sobre la mesa, aunque sabía que a Doña Consuelo le daba pena recibirlo. Su pensión era poca, y aun así nunca le había negado ayuda. Desde que Olivia, su esposa, murió en aquel accidente al cruzar la avenida, él había tenido que aprender a ser papá, mamá, proveedor y consuelo al mismo tiempo.
—Pórtate bien, princesa —le dijo a Regina, agachándose para abrazarla.
La niña le rodeó el cuello con sus bracitos.
—¿Y me vas a traer algo?
—Claro que sí. Una sorpresa.
—¿Y vamos al parque cuando vuelvas?
—Te lo prometo.
Tres días después, Andrés venía de regreso con Víctor, su compañero de tráiler. Habían manejado casi sin descanso para llegar antes de la noche. Transportaban electrodomésticos, celulares y unas cajas de refacciones, pero Andrés solo pensaba en llegar a casa y besar la frente de su hija.
Entonces sonó el celular.
—Papá, ¿ya vienes?
—Ya casi, mi amor. En unas horas estoy contigo.
—Me porté bien. Ayudé a barrer, lavé jitomates para la ensalada y Doña Consuelo dijo que mis buñuelos quedaron bonitos.
—Entonces mañana nos vamos al parque.
Hubo un silencio breve.
—¿Y mi regalo?
Andrés se quedó helado.
Se le había olvidado.
Miró la carretera oscura, los cerros como sombras y los pocos focos amarillentos de las casas perdidas a lo lejos. Los negocios en la ciudad estarían cerrados cuando llegara.
—Sí, mi amor —mintió, sintiendo vergüenza—. Ya lo tengo.
Cuando colgó, soltó un golpe seco contra el volante.
—La regué, Víctor. Le prometí un regalo y se me olvidó.
Víctor soltó una risa cansada.
—No te azotes. Más adelante hay un pueblito. A veces se ponen señoras a vender muñecas, dulces, cosas hechas a mano. Algo encontramos.
Media hora después llegaron a un pequeño poblado al borde de la carretera. Había un tianguis casi vacío, con tres señoras vendiendo tamales, servilletas bordadas y juguetes de tela.
—¿Sabe dónde puedo comprar una muñeca? —preguntó Andrés.
Una vendedora le señaló una calle angosta.
—Pregunte por Doña Verónica. Hace muñecas muy bonitas, pero hoy no vino. Ha de estar enferma. Vive donde está la barda caída, la única casa con lámina vieja.
Andrés caminó hasta encontrarla. La casa parecía abandonada: paredes descarapeladas, techo parchado y un patio lleno de tierra húmeda. Tocó una ventana.
—¿Doña Verónica?
La puerta se abrió apenas. Una mujer mayor, flaca, con un rebozo gris y ojos cansados, lo miró con desconfianza.
—Hoy no vendo.
—Perdóneme. Voy de paso. Le prometí un regalo a mi hija. No quiero llegar con las manos vacías.
La mujer lo observó unos segundos y al final abrió.
Adentro hacía frío. Había cubetas recogiendo goteras, muebles viejos y una cama con varias muñecas de trapo acomodadas en fila. Pero las muñecas eran hermosas: vestidos coloridos, ojos bordados con una ternura extraña, sonrisas pequeñas, como si cada una guardara una historia.
Andrés vio una y se quedó quieto.
Era rubia, de ojos claros, con un vestido rosa y encaje blanco. Se parecía muchísimo a Regina.
—Esa —dijo—. ¿Cuánto cuesta?
Doña Verónica le dijo el precio. Andrés pagó sin regatear.
—Que le guste a la niña —murmuró ella.
Cuando Andrés llegó a casa, Regina corrió hacia él y casi lo tiró al suelo.
—¡Papá!
—Mira lo que te traje.
La niña tomó la muñeca y abrió los ojos como si hubiera recibido un tesoro.
—Se parece a mí… Se va a llamar Sofía.
Durante la cena, no soltó la muñeca ni un segundo. La abrazó, le habló bajito, le enseñó sus otros juguetes y hasta quiso dormir con ella.
Esa noche, Andrés la arropó. Regina se quedó dormida abrazando a Sofía con una sonrisa que él no veía desde hacía meses.
Pero al día siguiente, cuando la niña derramó mermelada de cereza sobre el vestido de la muñeca, Andrés la llevó al baño para lavarlo.
Al tallar con cuidado la tela rosa, descubrió algo cosido por dentro: un trébol de cuatro hojas bordado a mano y dos iniciales.
V. A.
Andrés dejó de respirar.
Porque esas mismas iniciales, con el mismo trébol, estaban bordadas en el único pedazo de tela que Olivia había conservado toda su vida del día en que la abandonaron de bebé en la puerta de un orfanato.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
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