Andrés no durmió esa noche.
Cuando Regina finalmente cerró los ojos, él sacó de una caja de madera las cosas de Olivia: una pañoleta azul, una foto de su boda civil, una carta vieja y aquel pedazo de tela rosa que su esposa guardaba como si fuera una reliquia.
Recordó perfectamente la primera vez que se lo mostró.
Olivia tenía veintidós años. Acababan de casarse y vivían en un departamento pequeño en Iztapalapa. Andrés buscaba unos calcetines cuando encontró el retazo doblado entre su ropa.
—¿Y esto? —preguntó.
Olivia se lo arrebató con una angustia que a él le dolió.
—No es “esto”. Es lo único que tengo de mi familia.
Ella había crecido en una casa hogar. La encontraron envuelta en una cobijita rosa, sin documentos, sin nombre, sin ninguna pista salvo ese bordado: un trébol de cuatro hojas y las letras V. A. Durante años, Olivia soñó con encontrar a su madre. No para reclamarle, decía ella, sino para saber si alguna vez la había querido.
Nunca lo logró.
Andrés puso el retazo junto al vestido de la muñeca. Eran idénticos. La misma puntada, el mismo hilo verde, las mismas iniciales inclinadas hacia la derecha.
Al amanecer, fue al panteón.
Se sentó frente a la tumba de Olivia y sostuvo la tela entre los dedos.
—Creo que encontré algo tuyo —susurró—. Tal vez demasiado tarde.
El viento movió las flores secas. Andrés sintió coraje, tristeza, miedo. ¿Para qué remover el pasado si Olivia ya no estaba? ¿Qué ganaba encontrando a una mujer que quizá la había abandonado sin mirar atrás?
Volvió a casa y buscó a Doña Consuelo.
—Necesito hablar con usted a solas.
La vecina lo recibió en la cocina. Regina estaba viendo caricaturas en la sala con Sofía en brazos.
Andrés puso sobre la mesa el vestido de la muñeca y el retazo de Olivia.
Doña Consuelo se persignó.
—Ay, mijo…
—¿Usted cree que sea casualidad?
La señora pasó los dedos por el bordado.
—No. Esto lo hizo la misma mano.
Andrés tragó saliva.
—La mujer que me vendió la muñeca se llama Verónica. En la tela dice V. A. Olivia siempre pensó que esas iniciales podían ser de su mamá.
—Entonces tienes que ir a preguntarle.
—¿Y si fue ella? ¿Y si de verdad abandonó a Olivia?
Doña Consuelo lo miró con esa seriedad que solo tienen las personas que ya cargaron demasiados dolores.
—Entonces vas a escucharla. No para justificarla, sino para entender. Y después decides qué hacer.
Al día siguiente, Andrés dejó a Regina con ella y manejó hasta el pueblo. Encontró la casa vacía. Luego fue al tianguis de la carretera y preguntó por Doña Verónica.
—Está más adelante, vendiendo muñecas —le dijo una señora.
Andrés la vio sentada bajo una lona, con una canasta llena de juguetes de tela. Cuando la mujer lo reconoció, sonrió apenas.
—¿No le gustó la muñeca a la niña?
—Le encantó. Pero necesito hablar con usted.
Doña Verónica se puso tensa.
—¿Sobre qué?
Andrés sacó el retazo rosa.
La anciana palideció.
Sus manos empezaron a temblar.
—¿De dónde sacaste eso?
—Era de mi esposa.
Doña Verónica se levantó despacio, como si las piernas le fallaran.
—Llévame a mi casa —pidió con voz rota—. Aquí no.
Durante el camino no habló. Al entrar, dejó la canasta en el suelo, cerró la puerta y se sentó frente a Andrés. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Cómo se llamaba tu esposa?
—Olivia.
La mujer se cubrió la boca.
—¿Está viva?
Andrés bajó la mirada.
—Murió hace dos años. Un accidente. Pero dejó una hija. Regina.
Doña Verónica soltó un llanto que parecía haber esperado treinta años para salir. Andrés no supo si consolarla o exigirle explicaciones. Sentía rabia al verla sufrir, porque una parte de él pensaba: “Olivia sufrió más”.
—Dígame la verdad —pidió—. ¿Usted era su madre?
La anciana abrazó el pedazo de tela contra su pecho.
—Sí. Yo la dejé.
Andrés apretó la mandíbula.
Doña Verónica habló entre sollozos. Contó que de joven se llamaba Verónica Aguilar, que se fue a trabajar a una fábrica de ropa en la capital, que se enamoró de un chofer que prometió casarse con ella y desapareció al saber que estaba embarazada. Contó que no tenía dinero, que sus padres eran duros, que temía volver al pueblo con una hija y ser echada a la calle. Dijo que parió sola, que envolvió a la bebé en una cobijita rosa que ella misma bordó y la dejó en la puerta de una casa hogar, creyendo que ahí tendría comida, techo y una oportunidad.
—Fui cobarde —dijo—. Toda mi vida lo supe. Me casé después, pero nunca tuve más hijos. Mi esposo y yo intentamos buscarla, pero ya era tarde. Nadie nos dio información. Yo pensé que quizá estaba viva, quizá feliz… Nunca imaginé que mi nieta tendría una muñeca hecha con la misma tela.
Andrés sintió que el piso se movía bajo sus pies.
No sabía si gritarle o llorar con ella.
—Olivia la buscó —dijo al fin—. Siempre quiso encontrarla. Nunca la odió.
Doña Verónica cerró los ojos como si esa frase la hubiera terminado de romper.
Cuando Andrés regresó a la ciudad, Doña Consuelo lo esperaba. Regina jugaba en la sala.
—¿Y? —preguntó la vecina.
Andrés respiró hondo.
—Es ella. Es la mamá de Olivia.
Doña Consuelo se quedó en silencio.
—Entonces Regina tiene una abuela de sangre.
—También tiene una mujer que abandonó a su mamá.
—Las dos cosas pueden ser verdad, Andrés.
Él miró hacia la sala. Regina abrazaba a Sofía y le hablaba como si fuera una amiga.
—No sé si tengo derecho a meter a esa mujer en la vida de mi hija.
En ese momento, Regina apareció en la puerta de la cocina.
—Papá… ¿yo sí tengo una abuelita de verdad?
Andrés se quedó congelado, porque la pregunta había llegado antes de que él estuviera listo para responder.
Y la decisión que tomaría cambiaría la vida de todos.
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