PARTE 2
Elena leyó la carta sentada frente a la puerta de terapia intensiva, con las manos tan frías que apenas podía sostener el papel. “Mamá, si algo me pasa y no puedo hablar, no dejes que Valeria vacíe la empresa”. Diego había escrito que durante meses encontró cargos que nunca autorizó: hoteles, joyerías, clubes privados y viajes pagados con tarjetas corporativas. También había descubierto un segundo celular, una cuenta bancaria a nombre del hermano de Valeria y varios intentos de transferir dinero desde la empresa. La última frase le rompió el corazón: “Estoy cansado, mamá, pero estoy tratando de salir de esto sin perderlo todo”. Mauricio, compañero y amigo de Diego, llegó al hospital todavía con el uniforme de la bodega. Al ver la carta, bajó la mirada. —Él tenía miedo —confesó—. Decía que Valeria lo hacía sentir culpable cada vez que preguntaba por el dinero. Le repetía que un buen esposo no controla a su mujer. —¿Por qué no me dijo nada? —Porque le daba vergüenza admitir que su matrimonio se estaba destruyendo. A la mañana siguiente, Valeria apareció con lentes oscuros, ropa de diseñador y el mismo bolso que llevaba en las fotografías del yate. No preguntó por el médico. No quiso saber si Diego había despertado. Caminó directo hacia Elena. —Me dejaste sin dinero y me hiciste quedar como una ladrona. —No tuve que hacerte quedar como nada. —Diego jamás habría permitido esto. Elena levantó la carta. —Ya lo había permitido. Y también había comenzado el trámite para separarse de ti. Por primera vez, Valeria perdió el color del rostro. —Estaba estresado. No sabía lo que hacía. —Lo sabía perfectamente. Cambió beneficiarios, habló con un abogado y documentó cada cargo. Valeria intentó arrebatarle la carta, pero Mauricio se interpuso. La discusión llamó la atención de las enfermeras. Entonces apareció Arturo, el abogado, acompañado por un ejecutivo del banco. —Tenemos un problema más grave —dijo—. La transferencia de 780,000 pesos fue solicitada desde el celular registrado a nombre de Valeria, a las 11:06 de la noche, cuando Diego ya estaba inconsciente. El pasillo quedó en silencio. Valeria empezó a negar todo. Aseguró que su teléfono había sido usado por otra persona en el yate. Dijo que seguramente se trataba de un error. Pero el banco también tenía el código de autenticación enviado a su número y una llamada grabada en la que ella exigía acelerar el movimiento. —Ese dinero era mío —gritó—. Soy su esposa. —Ser su esposa no te convierte en dueña de su empresa —respondió Arturo. En ese momento, una enfermera salió apresurada de la habitación. —La señora Elena puede pasar. Diego está despertando. Elena entró con el corazón desbocado. Una hora después, cuando retiraron el tubo y él pudo hablar, Diego abrió los ojos y buscó a su madre. —¿Valeria vino? —Sí. Él cerró los ojos. Una lágrima resbaló hacia su sien. —¿Preguntó por mí? Elena no pudo contestar. Diego entendió el silencio. Luego apretó débilmente la mano de su madre y susurró: —En mi celular hay un audio. Si ella sabe que desperté, va a intentar borrarlo. Afuera, Valeria acababa de pedir que le entregaran las pertenencias de su esposo. ¿Qué creen que contenía ese audio y hasta dónde piensan que Valeria estaba dispuesta a llegar? La verdad completa se revela en la parte final.
PARTE 3 Para obtener más información,continúa en la página siguiente