—Te dije que no te quería volver a ver.
Severina no bajó la mirada.
Por primera vez.
—Y yo ya no tengo miedo.
Silencio.
El aire se tensó.
Doña Refugia salió.
Machete en mano.
—Aquí no mandas tú —dijo.
Uno de los hombres rió.
Error.
En menos de un segundo…
el machete se movió.
Rápido.
Preciso.
Cortó el aire tan cerca del rostro del hombre… que el sonido lo dejó mudo.
No lo tocó.
Pero fue suficiente.
Nadie se movió.
Porque entendieron algo.
Esa vieja…
no fallaba.
Don Cástulo apretó la mandíbula.
—No saben con quién se están metiendo.
Severina dio un paso adelante.
Y levantó los papeles.
—Ahora sí lo sé.
El silencio fue absoluto.
Por primera vez…
el miedo cambió de lado.
Don Cástulo palideció.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
Porque esos papeles…
eran lo único que no podía comprar.
No podía quemar.
No podía borrar.
Retrocedió.
Un paso.
Luego otro.
Y sin decir nada más… se dio la vuelta.
Se fue.
Y sus hombres… lo siguieron.
Ese día, no hubo gritos.
No hubo violencia.
Solo una cosa más fuerte que todo eso:
La verdad.
Semanas después, Severina bajó al pueblo.
No sola.
Con otras mujeres.
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