parte 2Mi esposo cayó al río durante nuestra luna de miel… pero lo que salió del agua no era exactamente él

Pensé en nuestra luna de miel.

En el itinerario.

Él lo había planeado.

Él había reservado el alojamiento.

Él había insistido en visitar el cañón.

—Me trajiste aquí a propósito.

—Sí.

—¿Y no pensabas decírmelo?

—No sabía cómo.

Me reí.

—Podrías haber empezado con “Cariño, nuestra luna de miel incluye mi suicidio ritual”.

—No iba a morir.

—¡Tu corazón dejó de latir!

—Siempre pasa.

La habitación quedó en silencio.

Martha me miró.

Yo miré a Ethan.

—¿Siempre?

Él cerró los ojos.

—He vuelto antes.

—¿Cuántas veces?

—Tres.

Mi estómago se hundió.

—¿Tu madre lo sabe?

—Una vez.

—¿Y las otras?

—No.

Martha golpeó la mesa.

—Está mintiendo.

Ethan giró hacia ella.

—Tú sabes que no.

—Sé que el río devuelve cosas que parecen personas.

—Y yo sé por qué guardas hombres aquí durante una noche.

Martha se quedó quieta.

—¿Por qué? —pregunté.

Ethan sonrió sin humor.

—Porque una vez devolvió a su hijo.

La expresión de Martha cambió.

—Cállate.

—Y ella lo dejó entrar en casa.

—Cállate.

—A la mañana siguiente había matado a su marido.

Martha le lanzó el cuchillo.

Ethan se movió con una velocidad imposible.

La hoja chocó contra la pared.

Me quedé paralizada.

Ethan miró el cuchillo.

Después sus manos.

—No quería hacer eso.

Martha recogió otra herramienta.

—Eso es exactamente lo que decía Matthew.

—¿Matthew era su hijo? —pregunté.

Ella no respondió.

—Martha.

Finalmente bajó la mano.

—Tenía diecinueve años.

La voz se le quebró por primera vez.

—Cayó al río.

El silencio se volvió pesado.

—Yo lo saqué.

Miró a Ethan.

—Y durante seis horas creí que había ocurrido un milagro.

Se sentó.

Parecía haber envejecido diez años en un minuto.

—Hablaba como él. Recordaba todo. Su primer perro. Su bicicleta. La canción que odiaba. Todo.

—Entonces era él —dije.

Martha negó.

—Antes del amanecer empezó a tener hambre.

—¿Hambre de qué?

No contestó.

No hacía falta.

—Mi marido intentó detenerlo.

Se frotó las manos.

—Al amanecer encontré a mi marido muerto y a

aquello sentado en el piso.

Ethan apartó la mirada.

—Desde entonces pruebo a todos los que saco.

—¿Cómo?

—Esperando.

—¿Eso es todo?

—No.

Señaló mi túnica.

—La ropa que llevas está hecha con cabello de los hombres que no regresaron siendo ellos mismos.

Sentí náuseas.

Miré las fibras.

—Dios mío.

—El río no tira de ese cabello.

—¿Por qué?

—Porque ya lo reclamó una vez.

Ethan dio un paso.

—Eso tampoco es toda la verdad.

—¿Qué más falta?

—El río no “copia” personas.

Martha apretó la mandíbula.

—No lo escuches.

— El río las conserva.

—Ethan.

—Claire, cuando alguien cae, algo en el agua mantiene el cuerpo. A veces también conserva la mente.

—¿A veces?

—Depende de cuánto tiempo estés abajo.

—Tú estuviste horas.

—Porque soy diferente.

Lo dijo sin orgullo.

Casi con vergüenza.

—Yo nací conectado a aquello.

—¿Naciste allí?

—No lo sé.

Martha se quedó quieta.

—Pero creo que sí.

Ethan extendió las manos.

—Cuando mi madre me encontró, yo no era un bebé normal. Mi temperatura era demasiado baja. Mi sangre tenía microorganismos que nadie había visto.

—¿Y por qué pareces humano?

—Porque soy humano.

Martha soltó una risa seca.

—Eso decía Matthew.

Ethan la ignoró.

—Mi cuerpo se deteriora fuera de Blackwater.

—Nunca estuviste enfermo.

—Porque cada cierto tiempo regreso.

Recordé sus viajes.

Conferencias.

Excursiones.

Semanas en las que desaparecía por supuestos proyectos fotográficos.

—Todo ese tiempo…

—Sí.

—Me mentiste.

—Sí.

—¿Por qué casarte conmigo?

No respondió.

Y ese silencio dolió más que cualquier explicación.

—Ethan.

—Claire—

—¿Por qué?

Miró la túnica.

Martha también.

Entonces entendí.

—Necesitabas a alguien.

—No.

—Alguien que supiera que habías caído.

—Nofue solo eso.

—Alguien que buscara tu cuerpo.

—Claire.

—Alguien que te trajera de vuelta.

No lo negó.

Sentí que todo nuestro matrimonio se desmoronaba.

Las cenas.

Las conversaciones.

Su propuesta.

Las fotografías.

Los planes.

—Me usaste.

—Al principio.

Aquellas dos palabras me atravesaron.

—¿Al principio?

—No esperaba enamorarme de ti.

Solté una carcajada amarga.

—Qué conveniente.

—Es verdad.

—¿Y eso cambia algo?

—No.

Por primera vez parecía avergonzado.

—Pero necesitaba volver al río antes de que mi cuerpo empezara a fallar.

—Entonces podrías haber venido solo.

—No podría haber salido.

Miré a Martha.

—Por eso.

Ethan asintió.

—Necesitaba que alguien insistiera en recuperarme.

La furia sustituyó al miedo.

Me quité la túnica.

—Claire —dijo Martha.

La dejé caer.

—No pienso seguir participando en esto.

—Vuelve a ponértela.

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