Se Vistió De La Peor Manera Para Una Cita A Ciegas …

Mientras caminaban hacia la salida del café, su celular vibró.

Un mensaje de Carla.

“¿Cómo va la cita?
¿Ya lo espantaste y salió corriendo?”

Lucía negó con la cabeza y sonrió.

—¿Algún problema? —preguntó Alejandro mientras abría la puerta.

—Mi amiga —respondió Lucía—. Cree que probablemente ya saliste corriendo del miedo.

Alejandro levantó una ceja, divertido.

—¿En serio? ¿Parezo alguien que se asusta fácilmente?

Lucía lo pensó.

En realidad parecía todo lo contrario.

Alejandro era el tipo de hombre que podía controlar una habitación entera sin decir una palabra.

—No —respondió—. Pareces alguien acostumbrado a que el mundo se acomode a su alrededor.

Alejandro guardó silencio un momento y miró el cielo nocturno de la ciudad.

—No es tan simple —dijo en voz baja.

Pero Lucía no insistió.

Se despidieron frente al café.

Antes de que ella subiera al taxi, Alejandro dijo:

—Mándame un mensaje cuando llegues a casa.

Lucía asintió.

No esperaba sentir algo diferente después de aquella noche.

Pero cuando el taxi avanzaba hacia su departamento en Coyoacán, se dio cuenta de algo curioso.

No estaba pensando en cómo evitar una segunda cita.

Estaba pensando qué ponerse para la próxima.
El Siguiente Encuentro

Tres días después volvieron a verse.

Lucía eligió un pequeño restaurante en Coyoacán, popular entre estudiantes y profesores por su comida barata y ambiente tranquilo.

Esta vez no llevaba sudadera.

Vestía un sencillo vestido azul claro y sandalias.

Aún sin maquillaje pesado.

Pero claramente ya no intentaba verse poco atractiva.

Cuando Alejandro llegó, se detuvo un instante.

Sonrió ligeramente.

—Ah… así que tienes otro guardarropa.

Lucía rió.

—Un poco.

—Eres hermosa —dijo Alejandro.

No sonó como una frase de conquista.

Parecía simplemente una observación.

Y por eso Lucía se puso aún más nerviosa.
Meses Después

Una cita se convirtió en dos.

Dos en cinco.

Y pronto se volvieron parte natural de la vida del otro.

A veces caminaban por el Bosque de Chapultepec después del trabajo.

A veces solo hablaban durante horas.

Alejandro adoraba las historias de Lucía sobre sus alumnos.

—Tengo un niño en mi clase —dijo ella un día mientras comían elotes en un puesto callejero— que está convencido de que los dinosaurios todavía viven dentro del volcán Popocatépetl.

Alejandro rió.

—Seguro hay algún inversionista dispuesto a creer eso.

—No todo tiene que convertirse en negocio.

—Nunca dije que lo haría.

Pero Lucía notaba cosas extrañas.

A veces Alejandro recibía llamadas sobre reuniones del consejo.

A veces hombres con traje se acercaban en restaurantes y lo llamaban “Señor Reyes” con enorme respeto.

Pero Lucía decidió no pensar demasiado en eso.

Le gustaba conocerlo simplemente como Alejandro.
La Verdad

Un sábado por la mañana, Lucía fue a casa de Carla.

Cuando entró a la sala, Carla estaba frente a su laptop.

—¡Lucía! —dijo—. Tengo que mostrarte algo.

Giró la pantalla.

Era un artículo de una revista de negocios.

Y en el centro estaba una foto.

Alejandro.

Con traje.

Sonriendo.

El titular decía:

“Alejandro Reyes — El Multimillonario Que Transformó El Mundo de la Consultoría Corporativa en México.”

Las piernas de Lucía se debilitaron.

—Carla…

Carla mordió su labio.

—No te dije que era multimillonario porque él me lo pidió.

 Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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